El trompetista

Desde que comenzó el invierno no ha vuelto a aparecer. Los habituales del baño de naturaleza diario se dividen entre los que opinan que ha muerto y los que creen que se ha cansado de tocar. Hace más de un año se presentó en un camino apartado y comenzó a sacar notas desafinadas de una trompeta. En vez de pasar la gorra pedía disculpas por su impericia. "Aquí no molesto a los vecinos, aunque quizá incordie a los que caminan por este entorno natural", comentó en una ocasión en la que el chófer de anécdotas se acercó a escucharlo. Como se acababa de jubilar había decidido cumplir con un viejo sueño, además de entretener las mañanas. Fue mejorando por su empeño, ya que sólo faltaba los domingos y cuando jarreaba sin clemencia. 

Durante una comida en Fisterra, días después de detectar la ausencia del esforzado trompetista, el dueño del restaurante se quejó con retranca del tipo que tocaba la gaita a la entrada del faro. "Estamos en uno de los puntos turísticos más visitados de Galicia y el que se ponga a tocar tendría al menos que saber sacar una nota decente. Y no tengo nada en contra del gaiteiro, ya que ni lo conozco, pero ya que se habla tanto de respetar el entorno natural también habrá que respetar el paisaje acústico".

Son muchas las ciudades de medio planeta en las que hay que someterse a una audición para ejercer de músico callejero y cumplir con diferentes normativas y requisitos. En Santiago de Compostela hay marcados cuatro puntos para tocar, no se puede utilizar megafonía y a la media hora hay que largarse con la música a otra parte. Los gaiteiros tienen una consideración especial y sólo puede haber seis tocando a la vez en toda la ciudad. 

Decía Gabriel García Márquez que "el que no cante, aunque sea mal, no sabe lo que se pierde". Y con la música sucede algo similar porque puede resultar reparador hasta el sonido de una lata. Contaba hace dos días Laura Fernández en este periódico que un turoperador nacional ha decidido ofrecer a los cruceristas que este año hagan escala en el Puerto de Vigo conciertos privados para escuchar el órgano del monasterio San Rosendo en Celanova, iniciativa que impulsó el Concello y la Fundación Curros Enríquez para escolares. Hay ya diez fechas reservadas. Que suene la música.