Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Como apunta Serrana Mercedes Rial, el trabajo de las mujeres gallegas en la producción agrícola y ganadera fue imprescindible como lo fue, en general, en todas las zonas de agricultura de subsistencia en las que la fuerza de trabajo era exclusivamente familiar, la tierra “per cápita”, escasa, y los beneficios, es decir, el nivel de renta agraria, notablemente reducido. Además, la mayoría de las explotaciones eran francamente exiguas. Se suele considerar que “el problema” del excesivo reparto de la tierra se debía sobre todo a la alta densidad de población. Pero el asunto es más complejo.
Siempre ha habido “hambre de tierra”, lo que se ha debido al hecho de que una porción importantísima del territorio gallego consistía en “monte proindiviso”. De facto, tan solo el veinte por ciento de toda la superficie agraria estaba dedica al cultivo. Esto es muy poco, aunque hay que subrayar lo importancia primordial que ha tenido el territorio restante -esencialmente el monte, comunal o al menos accesible a la población vecina-, para la economía de los campesinos, con la que estaba estrechamente imbricado.
Siempre ha habido “hambre de tierra”, lo que se ha debido al hecho de que una porción importante del territorio gallego consistía en “monte proindiviso”
El monte suministraba leña y piñas, que constituían el combustible de las lareiras y las cocinas económicas. Gracias a esto la gente combatía el frío y el hambre. Las casas tradicionales se construían con dos elementos básicos: madera y piedra. La madera era indispensable no solo para fabricar las puertas, los marcos de las ventaneas y las vigas de la casa, sino también las traviesas del ferrocarril, y servía además para confeccionar las parras en las comarcas vitícolas. El granito se obtenía de las canteras. Pero, además, el tojo y la broza representaban una riqueza extraordinaria, totalmente indispensable. Había que rozarlos periódicamente para emplearlos como lecho del ganado. El estrume, que se obtenía mezclando el tojo con la bosta, fertilizaba las tierras impidiendo que quedaran agostadas. De este modo, el monte quedaba limpio, pero además solía estar mucho más pelado: la masa forestal era sensiblemente menor que en nuestros días, por lo que había menos combustible que en la actualidad que corriera peligro de arder. Por cierto, la semilla del tojo se comercializaba y a precios nada desdeñables. Pero lo que conviene subrayar ante todo es que la broza revestía tanta importancia que sin este abono -reemplazado actualmente por insumos fundamentalmente químicos, que el labrador tiene que comprar- la agricultura se tornaría inviable en poco tiempo.
En los soutos montañeses se cosechaban castañas -entrañables retazos del alma del bosque- que se aprovechaban no sólo para el caldo y el cocido sino también para alimentar al ganado porcino que también se beneficiaba de las bellotas-landras caídas de los carballos. Se obtenían del monte piñones, nueces, avellanas, almendras y frutos silvestres como madroños, arándanos y moras. A los outeiros se llevaban los bueyes y las vacas a pastar (de las que se aprovechaba tanto la leche como la carne), los burros, caballos y mulos, indispensables para las operaciones de tracción y para el transporte de moyos de vino o sacos de maíz. En esa hierba pacían rebaños de ovejas, cuya lana era esencial para la ropa de abrigo y el relleno de los colchones; y también cabras, con cuyas crías al espeto se alegraban las fiestas del patrón.
El monte era antaño un lugar de frecuentación contemplado con cercanía emocional. Ya desde niño, cualquier hombre o mujer pasaba en la montaña muchas horas, innumerables días al año, acompañando el ganado que llevaba a pacer allí. Probablemente, mientras mordisqueaba una hierba, cavilaba en la manera en que emplearía el dinero que le producirían los pinos que ya comenzaban a estar crecidos. Castelao sabía muy bien que el monte era el peto de ahorro del campesino.
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