Opinión

Hoy no puedo abrir

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Hoy no puedo abrir

Marcelo tiene un pequeño pub en un lugar de unos nueve mil habitantes. Uno de esos miles de negocios creados por emprendedores bajo el paraguas de años de consejos y publicidad para alcanzar la prosperidad y la independencia como autónomos. Una de esas pequeñas empresas que en las últimas décadas han crecido como setas al sol, después de días de lluvia. A muchos se les animó, se les subvencionó, se les invitó a soñar con la Arcadia dorada y sobrevivieron hasta el agotamiento del capital invertido o prestado. Otros negocios, como fue el de Marcelo, venían de atrás y renovados han subsistido a duras penas gracias al empeño y a la imaginación, vadeando, como plañideras, impuestos y miserias administrativas. Los menos lograron reinventarse o crear nuevas alternativas. A final del camino han aprendido que todo nace, crece, se multiplica o no, y muere. Y los emprendedores no habían de ser ajenos a esa falsa y fatídica ley natural. 

Sin embargo, en ninguna parte estaba escrito que su debilidad no podría resistir una crisis económica como la de 2008. Ni se les advirtió que serían los últimos de la fila cuando se crearan ayudas, subvenciones a fondo perdido o incentivos varios para soportarla. Que su inmensa pequeñez no podía ser atendida con la misma potencia de las multinacionales, de los bancos, de los fabricantes de coches, de las grandes superficies comerciales… Y cuando miraron por ellos, tan abundantes y débiles, se le ofrecieron créditos a largo plazo que habían de pagar, irremediablemente, so pena de entrar en el carrusel de los morosos y en las pesadillas de los embargos y desahucios al pasar la crisis. Y en estas llegó la pandemia con el estoque de descabellar. Si son ciertas las cifras que llueven por doquier, más de cincuenta mil pequeños negocios, entre pymes y autónomos, han cerrado sus puertas definitivamente durante y después del confinamiento. Pronto serán unos 150.000 los empleos víctimas de esta escabechina. Si en conjunto pertenecieran a media docena de grandes empresas el país estaría llevándose las manos a la cabeza y los sectores públicos husmearían por todos los rincones buscando soluciones al precio que fuera. Esta vez han tenido la suerte de cobijarse bajo los ERTE e, incluso, acceder a ICOS con los que aplazar los gastos fijos o hacer algunos pagos… La política de este Gobierno ha sido más humana que la del 2008, sin embargo las consecuencias no parece que vayan a ser muy diferentes.

Esto es una guerra mundial –me dice Marcelo- y nosotros sufrimos los daños colaterales. Yo ya me he quedado sin recursos y además hoy, por el cierre nocturno decretado, ya no podré abrir. Es cierto, estamos luchando contra el enemigo más atroz y sibilino de la historia quien, además de asesinarnos, está quemando los campos de cultivo. Como Marcelo, de seguir esta contienda por donde va, en unos meses muchos autónomos no tendrán un mendrugo que llevarse a la boca y quizás no podamos socorrerlos. No pretendo hacer catastrofismo, simplemente espero, como miles de ciudadanos, que dejemos de estar en la gresca política y empecemos a diseñar una nueva sociedad autosuficiente. Productiva, empresarial, industrial, sanitaria y educativa realista para después de la última batalla. Si es que queda algo, además del capital a buen recaudo de unos pocos.