PANTALLAS

"Megalodón"

Un guión descafeinado y una narración previsible desarticulan una película que ni siquiera cumple lo exigible para una típica cinta palomitera

Los amantes de la serie B acuática se frotaban las manos: Jason Statham contra un colosal tiburón prehistórico. ¿Qué puede salir mal? The Meg, el Megalodón, el escualo más grande jamás visto en pantalla, llega dispuesto a zamparse el verano de un bocado y dejar extasiados a los adictos a las masacres submarinas perpetraras por esas criaturas que vienen a la mente cuando sentimos algo nos roza pierna dentro del agua. Una lista que va desde pirañas a cocodrilos pasando por anacondas, calamares y pulpos gigantes, orcas y, cómo no, tiburones. Y de entre estos últimos, reyes indiscutibles del terror acuático desde que Spielberg hiciera su magia allá por 1975, el Megalodón estaba llamado a ser el monarca supremo, el voraz tirano que, al menos en lo que a bestialidad se refiere, los sometiera a todos. Lamentablemente, no es así.

El filme de Jon Turteltaub, cineasta que acumula en su filmografía títulos tan variopintos como “3 pequeños ninjas”, “Mientras dormías”, “Phenomenon”, “La búsqueda”, “El aprendiz de brujo” o “Plan en Las Vegas”, ofrece casi todo lo prometido, pero en raciones justas y descafeinadas. Y es que es la propia naturaleza de un filme como “Megalodón” la que extiende cheques que sus aspiraciones en taquilla no le permiten pagar.

El gran “pero” de “Megalodón” es que no se decide) a ser lo que estaba llamada a ser: Una carnicería salvaje que tiñera de rojo el agua de las atestadas playas asiáticas, eso sí. Taquilla manda.