La nadadora sumó la medalla de plata en los 400 estilos la duodécima para el equipo español

El broche, Belmonte

Mireia Belmonte celebra la medallas en los 400 estilos. (Foto: JUANJO MARTÍN)
En un deporte en que las centésimas miden el límite del éxito y el fracaso, hay marcas que se deberían contabilizar en meses. Quebrada la relación con su club, sin entrenador ni ficha federativa, y los Mundiales a solo un suspiro, la nadadora Mireia Belmonte vivió su encrucijada personal. En ocasiones, cuatro meses pueden pesar más que cualquier medalla.
Tres metales ha sumado en Barcelona -plata en 200 mariposa y 400 estilos y bronce en 200 estilos-, además de un notable cuarto puesto en 1.500 metros. Pero Mireia no lo tenía tan claro hace no demasiado tiempo. 'Hubo un momento en que no veía luz. No sabía qué hacer, si dejar de nadar o qué', explica la nadadora española.

Llegó, incluso, a plantearse la retirada. La desavenencias con el CN Sabadell a final del verano pasado desembocaron en una abrupta ruptura y que decidiera ir a entrenarse a Niza. Pero tras una breve estancia en la ciudad francesa, acabó descartando esa opción.

Tras meses de sombras y los Mundiales en casa cada vez más cerca, la situación se acabó por fin desencallando. La solución fue fichar en febrero por la UCAM Fuensanta de Murcia y volver a entrenarse en Sabadell con su extécnico, el francés Fred Vergnoux. Pasos atrás para volver a avanzar. Logró finalmente seis mínimas para Barcelona.

El corpulento Vergnoux no se separa de ella. Siempre a una distancia prudencial para darle su espacio, pero suficientemente cerca para no perderla de vista. Marcando con firmeza el terreno cuando conviene, desahogándola cuando es necesario. Es su secreto, un lenguaje a menudo difícil de descifrar.

'Pienso que todo esto ha sido para Mireia una especie de travesía por el desierto', señala el técnico francés, convencido de que esta experiencia le ha servido a Mireia 'para madurar y reconocerse a sí misma', sobre todo en los errores, fuente de la que acaba manando el éxito si se sabe reconducir.

La chica de los ojos de hielo puede parecer fría a menudo. Adiestrada en su entorno para ganar desde pequeña, bajo esa fachada gélida y distante se oculta una timidez extrema. En el fondo es solo una niña en cuerpo de dios, como tantos otros atletas.

Creyente porque esa fe, inculcada en años de escolarización religiosa, le ha 'dado suerte antes de competir y en los momentos difíciles', también es tremendamente supersticiosa.

Le cuesta encontrar un momento de felicidad que no esté ligado a la natación, sobre la que gira todo su mundo. Sin embargo, hace unos días, salía cariacontecida del agua del Palau Sant Jordi. Había logrado una medalla de plata y el récord de España en 200 mariposa, pero en su mente sólo cabía el oro. Vergnoux reconocía la decepción.

Puede que por ello decidiera nadar a toda costa los 800 libre, pese a que su técnico no parecía estar muy de acuerdo y el cansancio la azotaba. O compitiera ayer con fiebre en el 400 estilos. Porque su sueño es 'ser campeona olímpica y ser feliz'. Y para lograrlo, para beber del oasis del éxito, quizás haya tenido que probar antes la crudeza de caminar en soledad por el desierto.

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