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Licurgo, el terrible legislador

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MITÓMANOS

Licurgo, el terrible legislador

Personaje histórico o de leyenda, Licurgo era para los antiguos espartanos El Legislador, el hombre que les dio una razón para vivir y un propósito, aunque fuera con normas brutales

Indro Montanelli, quizá el mejor periodista del siglo XX y un fascinante divulgador histórico de Roma y Grecia, sostenía que los dorios eran de estirpe germánica y que ésa y no otra era la razón de su racismo. Entre este pueblo, que llegaría a Grecia en torno al siglo X antes de Cristo suplantando a los antiguos pobladores pelasgos, destacaron los espartanos, que ejercieron el dominio primero sobre el Peloponeso y más tarde sobre toda la Hélade, con los jonios atenienses de enemigos salvo sus alianzas en las guerras contra los persas. Fieles a su herencia, nunca se mezclaron con los vecinos, que esclavizaron.

Los espartanos, siguiendo al genial Montanelli, no eran un Estado con un ejército sino un ejército con un Estado, muy similar a lo que había pasado en Prusia, y de ahí tomaba el ejemplo el periodista italiano, que en su juventud tuvo que lidiar con fascismo, nazismo y estalinismo, de los que salió escaldado. 

Esparta tenía sus orígenes en la Iliada, cuando su rey, Menelao, se lanzó en busca de su esposa Helana raptada por los troyanos, conformando una coalición panhelénica. Eso habría sucedido en torno al siglo XII antes de Cristo. Poco después se produciría la llegada desde el Norte de los dorios, que se harían con el control del país, asimilando lengua, costumbres y religión. 

En el siglo IX darían el paso decisivo con la aceptación de las leyes de Licurgo. Éste conformaría un código coherente y brutal de normas que hicieron de la sociedad espartana un experimento social comunista y militarista. 

Hay muchas dudas sobre la existencia real de Licurgo, si bien los espartanos no tenían ninguna y una y otra vez lo nombraron como su fundador. El  propio rey Leónidas de los 300 dejó escrito en el paso de las Termópilas la famosa sentencia de “sabed extranjeros que aquí yacemos cumpliendo las leyes de Esparta”. 

Y así era. Licurgo dibujó una civilización feroz, donde se subordinarían todos los intereses privados al bien público, con la imposición de una estructura de base militar en la que sólo se criaban niños fuertes –los débiles eran abandonados en el monte- que pronto dejaban los cuidados  de sus padres para formarse en academias, los “homoioi”, los iguales. La educación era atribuida al Estado espartano y los jóvenes eran iguales en todo y apenas tenían nada propio. Además, se les exigía disciplina y sobriedad absolutas, que se hicieron paradigmáticas: vida espartana, lacónica, como dura y sin concesiones ni lujos, justo lo contrario que los hedonistas y democráticos atenienses, que no podían ser más distintos. Sí coincidían unos y otros en su amor a sus ciudades-estado, que estaban por encima de cualquier otra consideración.  

Cuenta Indro Montanelli en su fascinante “Historia de los griegos” que Licurgo logró imponer sus leyes gracias a una estrategia suicida: tras hacer jurar a los espartanos que las acatarían hasta su regreso, se quitó la vida al salir de la ciudad lacedemonia para asegurar su aplicación permanente. Así fue: ya cuando Esparta era apenas una sombra de lo que había sido un día, con el poder romano sobre toda Grecia, los lacedemonios todavía continuaban siendo fieles al legado del Legislador. Como curiosidad, en el siglo II  era vista como una rareza por los romanos, que iban de turismo a conocer tan extraños hombres. Nada quedó tras la conquista y destrucción de Esparta paradójicamente por otro pueblo germano, los godos de Alarico en el siglo IV. No tenían muros ni defensas más allá de sus agrestes montañas, convencidos de que su ejército era invencible. En el siglo XIX el nuevo Estado helénico aprobó por ley reconstruir Esparta como recuerdo de lo que un día fue. Las ruinas son pobres y escasas, como los mismos espartanos.