La Región

CRÓNICA

"Era mi casita, lo único que tengo"

José Saburido, señor Pepe para los vecinos de O Couto, vuelve cada día a su chabola incendiada bajo el puente Novísimo. Los siete gatitos y el huerto agradecen la visita del dueño, que pide ayuda para recuperar la casa que levantó hace décadas pegada al Miño

José Saburido, frente a su casa calcinada. (ANDRÉS CACHALVITE)
José Saburido, frente a su casa calcinada. (ANDRÉS CACHALVITE)
"Era mi casita, lo único que tengo"

Vuelve todas las mañanas después de "lo que pasó". Blanquiña, que con él no es asustadiza, le espera junto a otros seis gatos. "Mis gatines, no quiero que pasen hambre". A José Saburido (Padrón, A Coruña, 1945), señor Pepe para los vecinos de O Couto, se le hacen los días largos. "Mucho". Desde que vio en llamas la casa que había construido hace décadas bajo el puente Novísimo y que sigue despertando la curiosidad de los paseantes de la ribera izquierda del Miño. No le incomoda. "Los ojos están para ver", medio sonríe sin apartar la mirada de lo que fue su hogar. "Cuando vi lo que pasó, ya era tarde, no pude hacer nada. Comieron, bebieron y luego le plantan fuego a mi casita, que es lo único que me queda en la vida". 

Según fuentes de la investigación, una pareja incendió la chabola tras, presuntamente, robar en el interior. Lo único que quiere el señor Pepe es "que lo paguen", pero, sobre todo, que alguien le ayude a reconstruir la vida que nunca quiso cambiar. No se imagina en otro sitio. De momento, se instala con una amiga, a donde llegó con lo puesto. "Ardió todo".   

"Cuando vi lo que pasó, ya era tarde, no pude hacer nada. Comieron, bebieron y luego le plantan fuego a mi casita, que es lo único que me queda en la vida" mg_9950_result

A Blanquiña no le falta comida desde que el pasado 16 de julio, su dueño, tuviese que observar desde el Novísimo cómo su chabola quedaba reducida a cenizas. Los bomberos realizaron todo lo posible para evitar que la casita–"que parecía andaluza, ¿a que sí?"–se calcinase por completo. No pudo ser.
"Esto lo construí yo todo. Trabajé muchos años de albañil en San Sebastián así que me doy una idea. Cemento y ladrillo. Primero levanté las columnas", cuenta mientras salen al paso el resto de animales. José es voluntario de las colonias de gatos callejeros. "Son Blanquiña, Mamachiña, Miraniña, Mamantiña, Doradiña, Moreniña, Luniña… y no sé si me falta algún nombre".

A pesar del fuego, se conserva intacta la silueta de su proyecto. Las enredaderas cubren el vallado exterior, donde también colocó un caminito de piedra. Una puerta con arco da la bienvenida a las visitas que ya mg_9909_resultno recibe. Dentro, la chillona pared amarilla hace una especie de efecto contrario: reparar en lo demás, lo que ya no existe. Un pequeño habitáculo en el que no queda mucho más que los muelles de la cama y utensilios de cocina. Los maceteros cuelgan ahora vacíos y Pepe entristece. 

"Ahora murieron todas las flores y es como morir los corazones. Parecía una casa andaluza y ahora está todo muerto".

 

Además de dedicarse a la construcción, Pepe cuenta que fue marinero y viajó en petroleros hasta Asia. También se dedicó a la pesca en Canarias. "Al chopo, pulpo y calamar". Da vueltas para llegar a donde llegó, a una chabola bajo el puente a la que fue incorporando elementos con el paso de los años. Nunca tuvo luz, sí agua. "Llevo 30 años sin luz en esta casa pero no me quejo. Cada uno que piense a su manera, yo me conformo con lo que tengo".

mg_0002_resultTambién presume de huerto, el único sitio en el que ahora respira mientras le da la espalda a la casa quemada. Lechugas, tomates, pimientos y cebollas casi en la orilla del río. "Vengo todos los días a regar. Están hermosos, eh. Estos tomates están verdes pero se van a poner buenísimos. Al menos me quedó esto". 

Cuenta que tuvo mucha fortuna cuando ocurrió la riada del año 2000 en Ourense. "El agua llegó al nivel de la casa. Pero tuve suerte, no me pasó nada de nada. Y mira, cuando baja la marea vienen otros problemas".

"Me gusta la tranquilidad, será el destino de cada uno. Vivía tranquilo y contento y no le pido nada a la vida. Me gustaría levantar esta casa de nuevo. Hoy no tengo muchos ánimos. Si tengo que volver a hacerlo pienso que se me van años de vida. Todo lo que hice, lo perdí en minutos".

Los paseantes de domingo paran en lo alto del puente y miran. "Los ojos están para ver", repite Pepe, que se apresura para llegar a misa de 12. Se queda Lola, su salvadora, y otra colega. "Recogeremos firmas para pedir que le ayuden a reconstruir la casa", anuncian.

*Fotos: Andrés Cachalvite