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Un regreso para olvidar: “¿Cadenas? No gasto de eso"

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crónica

Un regreso para olvidar: “¿Cadenas? No gasto de eso"

El regreso a casa el jueves en la A-52 se torció al llegar al Padornelo. Una alerta roja por las nevadas para la que muchos no estamos preparados. Menos mal que otros nos guían.

Sencillamente terrorífico. Iba con cierta calma tensa adentrándome en la comarca zamorana de Sanabria, de vuelta de la capital del Reino. Eran las ocho de la tarde del jueves. Algo caía, eso decían los partes, que insistían en que A Canda y el Padornelo estaban vetadas a camiones. Y ya. "No será para tanto", confié. Pero en ese momento, un panel anunciaba la alerta roja que obligaba a cortar el paso también  a turismos que no llevasen neumáticos de invierno o cadenas. Obvio que yo era uno de ellos.

Desviado por los agentes, paré en Puebla a tomar el café obligatorio, momento que aproveché para recrearme en mi ignorancia automovilística, ver unos tutoriales de Youtube y reflexionar en silencio sobre por qué narices en las autoescuelas no nos enseñan a colocar unas puñeteras cadenas.

 Cuando pasa algo así, un hombre hecho y derecho como yo tiene recursos. Llamé a mi padre. "¡Pero cómo se te ocurre ir a Madrid con el temporal que hace! Y no llevas cadenas, claro..." Bronca, obviedades y vuelta a la realidad. Ya me veía haciendo noche en esa posada y jugando la partida de subastado improvisada que los camioneros habían iniciado en el bar. Me comí la bronca de mi padre. Para eso lo llamé. No me iba a comprar esas cadenas que no sabía montar y menos aún iba a pedir ayuda a los parroquianos, a sabiendas de la profunda carcajada que despertaría en estos experimentados vecinos. 

A la media hora, un hombre del pueblo entró en la taberna a modo de portavoz: "¡Arrancando, que ya están dejando pasar!". Allí me fui, dubitativo. Nadie me seguía, muchos habían iniciado la cena, otros seguían enfrascados en la partida... Los guardias, entretenidos con un camión, parecían no hacerme excesivo caso. Tímidamente, me incorporé a la A-52 e inicié la subida al Padornelo. Sin nadie a babor ni a estribor. Yo, la Radio Galega con interferencias, las largas, los intermitentes y las luces de niebla. "A mí me ven por narices", pensé. 

Metí quinta, creo que es lo que se hacía en casos así, y encaré la subida sin pasar de 40. El mundo se viene encima, piensas en detenerte en el arcén en todo momento. El tramo entre el Padornelo y A Canda era un manto blanco con un pequeño surco que acababa de abrir el quitanieves. Copos de cara y una pequeña neblina envolviendo el coche. Tiré p'alante, No me crucé con nadie, y si lo hice, mejor no saberlo. No sabía si aquel señor me la había jugado o me estaba emparanoiando. Pero vi la luz tras minutos en la intemperie. Era verde y encima llevaba un cartelito que ponía "Precaución". Nunca pensé que me alegraría tanto de ver a la Guardia Civil. Ahí, en el arcén, mirando por nosotros. A lo lejos se veían más, en sentido contrario, en la nacional... En medio de la oscuridad blanca estaban ellos. "Pase lo que pase, está, nada puede salir mal", pensé. Velando por nosotros en medio de un "sálvese quien pueda". No queda otra que decir: "Gracias por estar ahí". 

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