Semana Santa

Todos los años, en Semana Santa, la Iglesia católica conmemora la Pascua de la Muerte, y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo a los tres días, con el culto apropiado en las iglesias, a la vez que procede a bautizar a catecúmenos adultos. Y también mediante imágenes que las diferentes cofradías gremiales muestran al público en sus procesiones, como tradición de fe multitudinaria.

Es evidente la conmoción que producen en los corazones de las multitudes, que admiran el arte y la emoción que despliegan los gremios con sus ruidosos tambores y sus clamorosos silencios, que trasmiten su solemnidad. Pasos, fruto de artistas, sin duda divinamente motivados, que la multitud espera con ansia cada año. Pero no basta con eso, hace falta una conversión, un querer volver al camino, que como cristianos tal vez habíamos abandonado. Y a los no creyentes o ignorantes de la ciencia de Dios que es la religión, una llamada de atención porque en esta vida pasajera nos jugamos la eterna.

Si se quiere entender la Pascua de Resurrección, hay que vivir la cuaresma como penitencia y preparación por medio del ayuno, la limosna y la oración, única manera de permanecer unidos a Cristo nuestro Salvador mediante la fe. A los cristianos, tal vez algo apegados al mundanal ruido, como a los no creyentes y a los ignorantes de la ciencia divina que es la religión, les quiero recordar que solo hay un salvador, y que aquí estamos de paso como inmortales que somos, porque Dios así lo ha querido al hacernos “a imagen y semejanza suya”, y por tanto, el tiempo es oro. No nos pase como a aquel que se lamentaba, diciendo ¡quién lo iba a pensar! Con todo, la Iglesia nos quiere recordar que Cristo es verdadero Dios y verdadero Hombre. San Pablo nos dice que “si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” y de su resurrección fueron testigos los apóstoles, los discípulos, y durante los 50 días que vivió hasta su elevación a los cielos, más de quinientos.