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El Paseo

La Región | 30 de junio de 2020

Había ya dejado “el bombacho” y las películas del Oeste en las sesiones infantiles del Teatro-Cine Losada, cuando comencé a dar vueltas con amigos y compañeros del Instituto del Posío, hoy Otero Pedrayo. Por tanto, el escribir sobre el Paseo me atrae porque es revivir un poco una parte de mi vida como creo que lo haría cualquier otro orensano, pero que a mí me produce una notable fruición el recordarlo.

En mi juventud el Paseo era el punto neurálgico, el centro de reunión. No había cita previa, no se mencionaba, todos los jóvenes acudíamos al Paseo porque justo allí ibas a encontrarte con la persona que buscabas. Al llegar te incorporabas sin pensarlo. No había otro lugar. Como un imán, nos atraía. El Paseo fue siempre un lugar de encuentro. No solo era verte con tus amigos, sino  conocer a más gente, amigas y amigos de tus amigos, que acudían cualquier día y lo hacían diferente al anterior. Como si de una representación teatral se tratase, allí pululaban figuras extras, personajes variopintos dependiendo de la temporada. Limpiabotas, publicistas, castañeros, carameleros, barquilleros, portadores de agua de limón, adivinos, etc.

En el buen tiempo, las terrazas del Mercantil, Miño, El Cortijo, la Bilbaína, La Marquesina, El Arenal, el Café Madrid repletas y, ya llegando a San Lázaro, La Ibense. Entre estos personajes cito en primer lugar a D. Calisto. En primavera se dejaba ver este “viejo verde”, rancio y exhibicionista, que paseaba atiborrado de joyas y piedras preciosas con anillos, sortijas y cadenas y relojes de bolsillo que con frecuencia consultaba con malicia. Intuyo, tratando de atraer con su fulgor a determinadas señoritas con muchas primaveras y algún que otro otoño. Se paraban con él y mantenían conversación. Usaba gafas con cristales muy gruesos, de los llamados “culo de vaso”, y su sonrisa permanente mostraba unos dientes amarillos que repelían. Este llamémosle “mascarón”, se le agudizaban los otros sentidos. Digo esto porque en cuanto oía una voz juvenil, de súbito volvía la cabeza y acentuaba su sonrisa buscando a la persona con lascivia.

Otro personaje era Paco Madrid. Su presencia a la entrada del bar Túnel la estoy viendo, portando un pollo al mediodía que paseaba luego por “los vinos” ofreciendo boletos para su sorteo, y volvía a hacerlo en ocasiones con otro por las tardes, si el ambiente de público le era propicio. Los sorteos se realizaban siempre ante testigos y parecía persona honrada. Su aspecto era de un exboxeador, a juzgar por su nariz, completamente aplastada, y su corpachón grueso y desfondado. Destacaba su boina con perilla al estilo vasco, y escasos dientes, con un ojo estrábico y vidrioso que muy bien podría ser de un golpe recibido en combate.

Teníamos también al Guardia Torero: en el cruce del Banco de España se situaba el Sr. Luis, guardia municipal, que dirigía el tráfico. Era muy buena persona y gozaba de gran simpatía.  Estaba dotado del característico casco blanco, correaje también blanco y guantes del mismo color. Añadía “de su cosecha” un mostacho exuberante y su oronda barriga; sin duda, un personaje de opereta. Se ceñía a los coches de tal manera, al estilo taurino, que un conductor que no debía conocer “su afición”, en uno de esos pases a punto estuvo de llevárselo por delante. Luego hizo como que le tomaba la matricula. Era lo que hoy llamamos un “cachondo mental”. El público desde las aceras se paraba y le aplaudía y lo coreaba con olés. Por Navidades los conductores le dejaban a su alrededor dulces, bebidas y licores.

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