Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
TRIBUNA
Polifacético. Era político, matemático, poeta, dramaturgo, e incluso, narrador castizo. Era lo que en Atenas denominaban un sophós -sabio-. Engrandecía a España. Y Ourense, tuvo la honra de poder disfrutarlo, dos años antes de que le fuese otorgado el galardón por la Academia Sueca. En 1902, dotaba de brillantez, con su presencia, los Juegos Florales aurienses.
La fiesta del Corpus Christi, en Ourense, no solo era una expresión pública de la celebración de la Eucaristía -principal fiesta religiosa de Europa Occidental-, o de la exaltación del Santo Cristo sino también un tiempo para la cultura
Después del éxito del Certamen literario, presidido por Emilia Pardo Bazán, en la festividad del Corpus del año anterior, la nueva Comisión se planteó traer a una figura de relevancia internacional. ¿Tarea difícil?, sí. Pero, Enrique Stuyk y Félix López, de todos modos, cursaban una invitación para que José Echegaray fuese el mantenedor del Concurso. Y, contra todo pronóstico, a pesar de los compromisos que tenía, aceptó gustosamente, el reto. Desde ese instante, la ciudad se preparó para recibir la llegada de tan ilustre huésped. La Comisión encargó a Barcelona mil banderas para engalanar las principales calles y planificó un programa impresionante de actividades.
José Echegaray, si bien era madrileño, por fortuna, estaba enamorado de esta tierra. “Cuatro meses paso en Galicia -decía en la inauguración de los Juegos Florales en Ourense- y los ocho restantes pensando en ella; contando los días que me faltan para volver… y, tanto es mi amor a Galicia, que, cuando me siento acatarrado, no me figuro que es catarro lo que tengo, sino morriña”. Conocía bien la región. En 1888, la había descubierto gracias a Vicenti, y, pasaba, como mínimo, el período canicular en el chalet que construye en Marín. De ahí que la audiencia vibrase de emoción cuando en el discurso inaugural parecía rememorar la nostalgia de Rosalía. “En los días lluviosos -decía- recuerdo con placer estos amplios horizontes, la verde alfombra de estos valles y de estos campos, las frescas umbrías de esta hermosa tierra”.
La fiesta del Corpus Christi, en Ourense, no solo era una expresión pública de la celebración de la Eucaristía -principal fiesta religiosa de Europa Occidental-, o de la exaltación del Santo Cristo sino también un tiempo para la cultura. Se celebraba sesenta días después del Domingo de Resurrección, entre el final de la primavera y el principio del verano. Y, aunque la Casa Consistorial pasase por un período convulso, la festividad del Corpus estaba por encima de cualquier discusión. Buena prueba de ello fue que, si bien, a principios de mayo, el alcalde en propiedad, Miguel Francisco Gutiérrez, era suspendido de cargo, sin embargo, otro, Juan Rodríguez Montero recogía el testigo, y, como alcalde accidental, en menos de un mes, ponía en marcha el programa de actividades que se llevaría a cabo de los días 28 de mayo a 1 de junio.
El disparo de salvas de bombas anunciaba el inicio de los festejos. A partir de ahí, el protagonismo giraba en torno a los actos religiosos y culturales. Los primeros llegaban a su apoteosis con la procesión del Corpus Christi; los segundos, con los Mayos en la Alameda, con la Batalla de flores que se celebraba en la calle Progreso, con el Festival escolar en el Posío, y, sobre todo, con el Certamen literario en el teatro de la calle Paz, en esta ocasión, presidido por José Echegaray.
Las Comisiones oficiales que iban a ir a recibirlo, el 30 de mayo, se dieron cita en la Casa del pueblo. Juntas, partieron hacia la estación. El ilustre escritor, a pesar de lo desapacible del tiempo, era recibido con calurosos aplausos, tanto por las representaciones de los organismos aurienses como por los corresponsales de El Liberal, El Heraldo, El Miño, La Correspondencia de España, El Correo Español, El siglo Futuro y El Imparcial. Era evidente que su llegada había generado una enorme expectación. La comitiva, con él, recorría la calle Progreso, San Miguel, Instituto y Plaza Mayor. Tras la recepción protocolaria en el Ayuntamiento, y, después de ser ovacionado en el Liceo, en La Artística y en el Círculo Liberal se retiró a descansar al Hotel Londres. Allí le habían reservado varias habitaciones -despacho, dormitorio, cuarto de baño y comedor-, con salida al jardín.
Llegado ya el día del Certamen, situado, en el palco central, del que, entre ramos de laurel, sobresalía la inscripción, “¡Viva el insigne Echegaray!”, ocupó el asiento de la presidencia. El público que abarrotaba el Salón, permanecía expectante. Pero, cuando el dramaturgo tomó la palabra y comenzó el discurso lleno de imágenes poéticas que ensalzaban la belleza de la tierra ourensana, el teatro vibró. Fue tal la deuda de gratitud que la Comisión sintió con el escritor, que pronto, comenzó el proceso para nombrarlo hijo adoptivo. Pese a todo, no fue hasta que se hizo oficial, desde la Academia Sueca, el otorgamiento del premio Nobel -obtenido ex aequo con Frédéric Mistral-, hasta que la Corporación municipal ourensana, le encargó el título de la distinción honorífica, a un calígrafo. Ciertamente, muchos ourensanos lo consideraban merecedor del galardón internacional que recibía, frente a voces críticas, especialmente, salidas del elenco de escritores que formaban parte de la generación del 98, que no lo creían acreedor de semejante distinción. Sorprendentemente, uno de los más críticos fue Unamuno, su sucesor mantenedor del Certamen literario auriense de 1903. Claro que la nueva Comisión, formada, entre otros, por Modesto Lamas, Colemán, Manuel París o Marquina, lo había invitado, un año antes de que arreciara su mordaz crítica contra Echegaray.
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