El empedrado medieval de la ciudad vieja

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 04 feb 2026 - 06:55
José Paz

Es necesario que los años conserven su aroma. Que, mientras nos dure la cuerda, podamos reconocer este mundo inmediato. Merecemos que se nos permita envejecer sin la desmemoria. Que no se traicionen los lugares donde hemos ido gastando los años, porque es urgente reconocerse, saber quiénes somos y no olvidar quiénes hemos sido. Sólo conservando la memoria podremos considerarnos seres completos. La amnesia y el olvido no sólo desintegran a las personas. También a las ciudades y paisajes, condenados a una despedida constante de lo que han venido siendo, obligados a transformarse en otra cosa, casi siempre alterada, diluida, peor.

Bastaba excavar la tierra, depositar una zahorra gruesa y colocar una capa de arena fina sobre la que se iban clavando manualmente los cantos de río.

En Auria, ciudad sobreconstruida, el cogollo original se ha ido llenando de cinturones sucesivos de peor calidad, que van desde lo maravilloso hasta lo insoportable. Su suelo empedrado es la verdadera contramemoria. Un recordatorio de su espíritu medieval, de la empresa orgánica de pavimentar las calles con los antiguos lametazos del río y permitir un enlosado honesto y sencillo, a escala humana. Bastaban las piedras modeladas por el Barbaña, el Miño o el Loña, cualquiera de las tres venas de agua que hacen a este lugar un encuentro excepcional. Una obra sencilla, pero sabia, hija de la observación de la tierra y del conocimiento antiguo, a la altura del paisaje. Bastaba excavar la tierra, depositar una zahorra gruesa y colocar una capa de arena fina sobre la que se iban clavando manualmente los cantos de río. Granito y pizarra pulidos de tiempo y agua, que se colocaban de canto, con la parte más estrecha hacia abajo. Algunos forman dibujos sencillos y ancestrales: espina de pez, bandas curvas o paralelas. Esta sencilla operación permanecía por siglos, moldeándose con las hinchazones y contracciones de la tierra, que está siempre viva y se mueve con las digestiones de agua, porque la tierra, como las montañas y los árboles, también camina hacia alguna parte.

Fueron estos solados donde Auria dejó de ser aldea y consiguió una distinción urbana, cuando no había fortuna para las grandes losas de piedra. Este suelo único, acorde a los edificios de granito tiene el mismo tono de voz, permite un idéntico sonar de pasos, reequilibra al corazón y devuelve la capa moral de la ciudad antigua. En recientes remodelaciones se ha echado mano de esta técnica en su forma más bastarda, clavando los cantos más sueltos sobre cemento gris, una hibridación desafortunada, que, aún torpe, hay que recibir con cariño porque es un intento de recordar quién se fue. Perviven en algunas plazas y calles honestas, como la plaza de la Herrería o el entorno de la plaza de San Marcial. Con estos suelos la ciudad hace memoria de su dimensión verdadera. Fuera del casco urbano antiguo comienza un tutifruti insoportable de pavimentos, chapapote y enlosados, cada cual de peor gusto y condición, a elegir entre el pésimo mal gusto de los desafortunados mandatarios que ha ido teniendo esta desafortunada ciudad en los años recientes. Por eso hay que reencontrarse con suelo de cantos de río, que es el suelo moral de Auria. El empedrado orgánico, que se clava al paisaje como un diente de leche, que protege al pie de los barros y permite el paso de carros y caballerías, respetando las panzas originales de collados y arroyos convertidos en calle. Pisar sobre los cantos significa recordar y sentir que la ciudad resiste en una intimidad hermosa. Permanecen a los pies de sus inquilinos humanos y se sueña a sí misma por otros tantos siglos, toda vez que olvide la pesadilla de estos años últimos y estos personajes prescindibles que la han afeado de muerte.

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