Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
DEAMBULANDO
Aquel Ben-Cho-Sey, (Xoxé Ramón Fernández Oxea) militante de partido galeguista, mestre, compañero de Risco y Otero en alguna camiñada galega, donde más que hacer kilómetros se tomaban notas, se conversaba con la gente de las aldeas. Era de esa troupe de itinerantes culturales que iban con su cuaderno de campo, colaborador de todo cuanto periódico se publicase por estas tierras, sufridor de la represión franquista, que dejo aquello genial en el epitafio de su tumba en nuestro cementerio, de una ironía devastadora, ya tan divulgado, que remata así:
“Quedan suprimidas todalas homenaxes postmortem porque as cousas ou se fan o seu tempo ou non se fan”.
Pues Benchosey, el de las crónicas de la guerra de Marruecos, nacido en los postreros años del XIX tiene de entre sus no escasas publicaciones un librillo: ”Mil y pico apodos orensanos” que en casi todos, por respeto o por no herir susceptibilidades, no abundó en la etimología de quienes los ostentaron.
Comienza, por orden alfabético: O abade das vellas, el primero que lo llevó era, efectivamente, un clérigo, mas luego lo heredó un sobrino y éste lo transfirió a su hijo. Algunos apodos sí son obvios, como O Abogadillo, por listillo y pedante, o Alambritos, por muy delgado. O Alpabarda, por uno que vino de Madrid diciendo que había visto desfilar a los alpabarderos de la guardia real. Recuperaba ese Arrancapinos a un ingeniero forestal, o Arreglitos a algún mañoso en todo; o Ballenas, a un paragüero; o Boca de Aceiro, a un mal hablado; o Buscapisos, a quien andaba de cuello erguido oteando alguno; O Cagarría, un cuentacuentos que los hacía divertidos, no por ser cobardica.
O Cubano montó una tienda de ultramarinos de cierto postín donde más los pudientes compraban que el común; iba estableciéndose el Chocahuevos, que aprovechaba cualquier fiebre para encamar y calentar de paso los tales, de los que pollitos saldrían.
De aquí podíamos extendernos a Cagarrón que era como nosotros llamábamos al calabozo municipal donde te podían arrojar hasta por dar una serenata. Este es muestrario de tan extensa recopilación.
Algunos, fuera de ese texto benchoseyno, abundaban, más en barriadas, como O Valerio, un toliño que lo era, que vagaba de acá para allá por un camino que nosotros y el ayuntamiento bautizaron así hasta que le pusieron otro nombre, de dignidad, para dar más empaque. Por acá, o Pescantín, no lo era por hombre de caña soltando el sedal por entre la enramada de amieiros, bidueiros o salgueiros sino porque tenía un puesto en la Plaza; O Pedriño das Lamas, un toliño de cierta cordura porque conseguía mercar, ¡mistos, carallo!, como nos decía y no erraba en el encargo. Luis Cazón, por cazador empedernido y contador de cuentos de lobos, impresos. O Chimpafigos no existía ni como abstracción, al que jamás se vio rondando higueras allá por las estivales postrimerías, pero si uno que era hojalatero el cual al soldar el cinc o la hojalata para hacer candiles, vasijas, regaderas o calderos decía esto de: Zona al Agua, cuando enfriaba la soldadura. Ansias era ese carretero, que a desgana parecía llevar su mulero carro. Os Limiaos, honradísimos poseedores de viñedo y lameiro que no eran oriundos ni de la Baixa ni de la Alta Limia. O Cubano montó una tienda de ultramarinos de cierto postín donde más los pudientes compraban que el común; iba estableciéndose el Chocahuevos, que aprovechaba cualquier fiebre para encamar y calentar de paso los tales, de los que pollitos saldrían. Os Aragoneses, unos almacenistas de pro, así llamados aunque no por nacidos en Aragón, si no por comprar garbanzos de esa región. O Ja, como se apodaba a los municipales, era ese guardia que porra en mano era detectado por la golferancia al grito de, ¡viene el Ja!, cuando su colega O Chepas, de no tan prominente joroba, sentaría cátedra entre la ciudadanía. O Setecabezas que debería tener ese número y no una, ni dos, ni tres …cabezas, dicho así porque para todo su sentencia. O Cañoto, largirucho y mal encarado, cagaba de campo más volumen que vaca en pradería; O Xordo, un casi vecino que ni se enteró de la explosión de una pirotecnia en Rabo de Galo, distante una milla, cuando su otro vecino Pepito Serrano, sí de fino oído, hacía honra a la tal serranía en festivos o misas de guardar, exhibiendo porte, educación y buen juicio.
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