La espiral

Publicado: 21 feb 2025 - 00:15
Opinión en La Región.
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Si uno lo piensa bien, todo pierde consistencia cuando comenzamos a malograr nuestro sentido del tiempo. Es decir, cuando aceleramos la marcha motivados por un temor profundo a que nuestro recorrido se detenga.

Las prisas nunca fueron buenas, eso se sabe. La prisa es un impulso defensivo que, no obstante, nos aleja de los valores medios. Aquellos que mejor se adecúan al umbral en donde las formas mantienen su definición, en equilibrio.

Lo contrario, como decíamos más arriba, es la inconsistencia. Como un borrón manchando la escritura sobre una página o un mal trago colapsado en la garganta. Pero lo más temible de la aceleración es abandonar nuestro patrimonio temporal sin echar siquiera la vista atrás.

Porque para un ser humano no hay nada más personal que “su tiempo”. Eso es todo lo que nos preocupa y, en buena medida, lo que nos define. Y si algo hemos venido a hacer a esta vida es experimentar nuestro intervalo de tiempo. Aunque quizá haya algo más; y también se trate de una fórmula desconocida por la cual cada ser vivo y cada elemento, desde una roca a una partícula de polvo, cualquier cosa animada o inanimada, grande o pequeña, que está ocupando su lugar en el espacio, sea un medidor de tiempo particular. Cronómetros actuando en diferentes escalas y fases que registran un desplazamiento infinito hacia un final… y vuelta a empezar.

Porque para un ser humano no hay nada más personal que “su tiempo”.

En las culturas indígenas, tan diferentes a nosotros, los humanos globalizados por la tecnología y la geopolítica, cuando una persona fallece se expresa como que “su tiempo se ha acabado”. Así, sin drama ni afectación.

Cuando te extingues es porque ya lo has dado todo. A mí particularmente me fascinan los pueblos y tribus del Amazonas. No he viajado gran cosa, pero desde niño siempre he querido ir. Y sé que algún día lo haré. Porque, de nuevo, en la selva junto al Gran Río, la vida se resume a Todo o Nada.

Cuando un jaguar ataca, lo hace sin concesiones, va directo a la cabeza. Y cada planta, bicho o nube, cada forma circundante, expresa una vida consumada en el instante, sin excedentes. Esa economía es lo que mantiene el ritmo y frena la precipitación acelerada de la voluntad. Es lo que nos salva. También aquí las cosas eran parecidas. No voy a decir que el tiempo pasado fue mejor porque resulta una cursilada. Pero sensiblemente fue mejor. Vivimos en un contexto de Leviatanes gigantes. Estados ejerciendo su poder mucho más allá de sus fronteras y que, al primer roce, encienden el movimiento centrípeto que nos arrastra al centro de la Espiral. Se han apoyado en los brujos de la economía cognitiva.

Y cada planta, bicho o nube, cada forma circundante, expresa una vida consumada en el instante, sin excedentes.

La economía de los datos que les regalamos. No es el Leviatán del que habló Hobbes (“El hombre es un lobo para el hombre”) es uno mucho mayor. Es el Leviatán digital. El Ciber-Leviatán definitivo.

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