Opinión

Puro underground

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Puro underground

Martes, 29 de diciembre

Ha salido mucho en los periódicos estos días. Ahora, fallecida su madre, Carmen pide auxilio y refugio. Todos las hemos visto por las calles como una estampa extraña en la ciudad. Carmen, la hija, tirando de su madre por las calles mientras conversan sin interrupción, a veces en un idioma desconocido. Ay, Carmen con sus vestidos estrafalarios y grandes flores de plástico en sus cabellos. Dos personajes de Blanco Amor perfectos para su obra “A esmorga” en el Ourense que describió de posguerra. Las he visto permanecer impávidas bajo un paraguas toda la noche en los jardines del Padre Feijoo. Como un verso frío de Valente, como dos heridas que caminan. Dos sombras.ilustracion_alba_noguerol_resultado

Corren leyendas sobre ellas: que encendieron velas en todas las habitaciones una noche de difuntos y se quemó la casa. Vamos, cuentan muchas cosas. Las miradas de madre e hija parecían perturbar al viandante. Le oí decir a un niño algo brutal: “Mamá ¿son dos brujas malas?”. He mirado sus ojos y hace frío, presiento que allá en el fondo hay ternura. Me pregunto qué hay detrás de su gesto endurecido, quién habita en sus cabezas. Cierto, ahora Carmen, sola y desvalida, pide auxilio en los periódicos. Ay, esta ciudad siempre tan solidaria es cruel con ellas. Sólo un vigués altruista y desconocido se ha volcado con Carmen sin éxito. Recuerdo aquel poema: “La ciudad no quiere ver en su espejo su muralla desdentada”. Hermano, hermana, el odio al diferente parece ser incurable. ¿Cómo nadie tiene valor para tenderle la mano? Cielo santo, los valores son ya una antigualla. Alguien acierta: “No es más que una enferma, el otro día, inocente, decía a la periodista ‘también busco pareja”. Y por las calles anda, Carmen, con su karma y su abultado equipaje. Venga, alcalde, hay que hacer algo. Ya. Tú, que tienes mucho de outsider, ordena a los tuyos: “Dadle posada y salvadla del frío”.

Jueves, 31 de diciembre

Por ahí viene el Cabinas, un fulano que se busca la vida cada día en este infeliz Ourense. También le tengo como mi ONG y cuando nos vemos le suelto cinco euros. Pero a cambio me cuenta todo del Ourense más oscuro. No sé cómo se las arregla, siempre reúne sus treinta euros. Entonces, va raudo al piso de su camello en un barrio duro de la ciudad. Allí fuma sus “chinos”: ya sabes, un tubo, papel de aluminio y la gota de “blanca” o de “caballo” que se desliza mientras él absorbe con urgencia el humo. Mira tú, esta es la droga favorita de su generación y de los nuevos. Esta escena la inmortalizó en “Dolor y gloria” Almodóvar, al que conocí en aquellos años de Rock-Ola. Quería ser cantante y montó un dúo esperpéntico y provocativo con su colega McNamara. Después, el cine, hasta que logró oscarizarse.

Pero que no se me vaya la olla, estaba hablando del Cabinas. Es un tipo inteligente y le gusta analizar la vida. Pocos conocen el otro lado de la ciudad como él. Es mi mejor fuente de información. Conoce uno a uno a todos los camellos y gente del rollo, y olfatea siempre donde está el mejor producto.

Ayer engulló tres de licor café, a cambio me hizo una observación y un análisis que me dejó desconcertado. Me largó: “Mira, Jaime, ¿te acuerdas cuando llegó el VIH allá en los setenta? Aquel virus se cargó a generaciones completas. Te podría dar el nombre de más de tres centenares de yonquis ourensanos que yacen en tumbas, a veces sin numerar. Tardó mucho en llegar el antídoto. Todos sabemos que los hombres que manejan el mundo crearon el virus para acabar con drogadictos, prostitutas y homosexuales”. El Cabinas me sonríe pícaro: “Venga, suéltame otros cinco y te doy información privilegiada”. Se los di, claro. “Con el jodido covid ha sucedido lo contrario. Nadie lo cuenta, pero yo, que me paso todo el día entre camellos y pisos abarrotados día y noche como los fumadores de opio de Shanghái, lo sé. Lo hemos analizado en nuestros cubiles: mira que hay contagiados, y tantos ancianos fallecidos. Pues, créeme, a los míos la droga que tomamos nos inmuniza. Mira que pateo la ciudad, no he visto a ningún colega contagiado. Y ya sabes, en los pisos nadie toma precaución alguna, todo el mundo tumbado por allí como en la vieja China”.

He leído que en Barcelona los callejones vuelven a estar llenos de jeringas. Le pregunto: “¿Cómo es que no han aprendido?” Me da la clave: “Tengo muchos colegas allá, todos consumen el caballo blanco que viene de China, poderoso y puro. No se puede fumar como el marrón que engullimos aquí. Sabes, te engancha enseguida y cuando la mezclan con farlopa, como le gustaba a Keith Richards, es brutal. La bomba. Por suerte, aquí apenas llega”.

(Antes de irse tengo que decirle algo al Cabinas. Otro licor café y me atrevo. “Me cuentan que te vieron con tu cinta adhesiva y tu viejo arte robándole al peto de San Antonio y al de la Virgen del Carmen allá en las Burgas. Qué cabrón, metes la cinta y salen pegados monedas y algún billete”. Para mi sorpresa, el Cabinas empuja de un trago el licor café, me da una palmada, se echa a reír y se va. Me quedo pensando y me digo: quizás los santos viendo su arte sonríen.)