Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
No sé si es cierto, pero últimamente comienzo a notar que el alcance de mis oscilaciones entre la aldea y la ciudad responde más a una capacidad para chocarme con momentos irreversibles que con la simple cotidianidad. Así que salir de casa para tratar asuntos por Ourense es como abandonar la trinchera y ponerse a tiro en campo abierto.
Para empezar, pongo como ejemplo lo ocurrido en la Plaza Mayor el pasado lunes, cuando un grupo de funcionarios municipales expusieron a toda máquina su indignación contra el alcalde. Los trabajadores del Concello que están en huelga contestaron a los desmanes y a la estridencia política del regidor con una respuesta social que cada vez que salta de nuevo a la calle se hace mayor, más grave y más justificada. Así que no es de extrañar que volaran los petardos y ardieran las bengalas a manos del cuerpo municipal de bomberos allí presentes; quienes, dicho sea de paso, por un oscuro y desconcertante automatismo me recordaron con su casco y su uniforme a la banda alemana Kraftwerk, los padres de la música electrónica todavía en activo desde hace más de cuatro décadas.
De modo que entre el humo, las consignas, los estallidos y las acometidas de los manifestantes, la protesta se acercaba más a la estética de un vistoso abordaje naval que a otra cosa. La explosión de energía cuando se justifica a sí misma es algo que nunca defrauda. Presenciarlo fue estimulante.
Pero quisiera explicar mejor a qué me refería antes con lo de momentos irreversibles. Al finalizar la protesta, abandoné la plaza y, encaminando mis pasos hacia la Alameda, recordé eso que Frederic Jameson, el profesor y ensayista estadounidense, definió como narrativas maestras. Para Jameson, quien por cierto falleció el pasado mes de septiembre a los noventa años dejando tras de sí un imponente legado en el campo de la crítica cultural y la sociología contemporánea, las narrativas maestras responden a paradigmas ideológicos que contienen en sus argumentos un desenlace o final predeterminado.
Y con esto quiero decir que la situación presentada más arriba pone de manifiesto la teoría de Jameson. Así que, lo presenciado en la Plaza Mayor podría interpretarse como el producto de un guion abocado a acabar siempre y de forma sintomática con el mismo final. Es decir, uno que parece irreversible y que está sedimentado premeditadamente en la controversia más constante y machacona. ¿Es por casualidad? Sospecho que no, hace demasiado tiempo que se repite.
Pero otras narrativas de la ciudad también parecen irreversibles. Es muy triste señalar hacia la corrosión en gran parte del casco histórico. Ya saben, todas esas cicatrices que no hay modo de explicarse.
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