Manual del usuario

Publicado: 29 nov 2024 - 00:15

Ayer mismo se partió la rama más alta del carballo. Fue obra de un viento loco que estuvo atizando los árboles y otras cosas inocentes que no opusieron resistencia. Macetas, escobones, calderos, ropa tendida, sillones arrastrados por la terraza. Un viento loco y helado que anunciaba la proximidad de diciembre, y que tal y como vino se marchó entre los cortinones negros de la tarde. No estábamos preparados, pero no hay de qué sorprenderse. La llegada del frío es así de vulgar. Nada que ver con la pomposa suavidad que establece el otoño. El frío que se presenta en estas alturas del año es tan expeditivo y conciso como un catecismo.

En esta casa no hay mejor fuente de calor que la chimenea de piedra. La casa no tiene hechuras de casa sino de fábrica, por eso la chimenea se abrió en el muro principal en una reconstrucción posterior que trajo consigo la exuberancia profética del fuego. En la chimenea todo va al mismo saco en sus justas proporciones. Es como una boca infernal que además de leña consume invocaciones, mitos, suspicacias, compulsiones, ansiedad y deseo.

Ante el calor del fuego se establece una especie de mercado negro en donde todas las mercancías del espíritu cotizan al peso. Y la contemplación de las llamas incita a un pensamiento taquigráfico, sin filtraciones. Por ejemplo, ante el fuego uno hace recuento de las personas a las que ha amado, y lo que se revela es cuántas han sido verdaderamente importantes. No muchas.

Pero el rugido de los camiones segando el aire en la carretera nacional que parte en dos mi aldea también es otro de los efectos que custodian la llegada del frío. Desconozco el motivo pero así es.

Parece amplificarse y, cuando llega hasta aquí, se pasea hasta por los mismos dormitorios con la jactancia de un invitado indiscreto. Entonces, lo que yo hago es tratar de anularlo encendiendo un pequeño televisor, uno que por costumbre permanece sin sonido el resto del año.

Porque aquí la tele se ve o se tolera generalmente con subtítulos, que son elementos muy apañados en nuestra convivencia familiar. Tanto que, algunas veces, también subtitulamos nuestras propias conversaciones. Aunque esa es otra historia, como dijo Ruyard Kipling. En cualquier caso, cuando quiero estar a salvo del condenado estorbo de los camiones, subo el volumen del pequeño televisor del que he hablado, el que está abajo, en la cocina. Y el ruido se solapa con la cháchara de la tele. La mezcla parece enroscarse en otro polo de atracción y yo me quedo tan tranquilo en la periferia.

Son pequeñas estrategias que forman parte del manual de usuario de esta casa con las que, a pesar de todo, uno va tirando.

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