Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
La carretera Nacional 525, que une Ourense con Santiago, a la altura de Cea es la principal arteria por donde transcurre esta vida rural y sin pretensiones con la que me ha bendecido la suerte. Es cierto que uno se desarrolla y prolifera en muchas direcciones, porque el deseo o la mera supervivencia empujan como un viento caprichoso la nave, pero el eje de lo cotidiano me somete más que ningún otro a esta carretera, marcando mis desplazamientos. Trataré de explicarlo mejor.
La 525 sigue paralela al Camino de Santiago y parte mi pueblo (Viduedo) en dos. En dirección oeste, a tres quilómetros, está la capital del municipio, San Cristovo de Cea. Y en dirección este, a quince quilómetros, Ourense ciudad.
Así que cuando agarro el coche para repostar café o gasolina (ambas cosas se confunden) en alguna estación de servicio, al tomar esta vía, Ourense queda a mano izquierda y Cea a mano derecha. Por el bien del lector espero haberlo descrito adecuadamente ya que situarnos en el terreno es importante para el cuento. Total, que a derecha o izquierda están las principales opciones.
Una vieja estadística indicaba ya hace algunos años que más del ochenta por ciento de nuestras decisiones las tomamos de forma inconsciente. Pero hoy hay que preguntarme qué demonios es la conciencia. ¿Alguien lo sabe? Sin duda se trata del gran reto epistemológico de este siglo. Desde que la psicología se ha abrazado a la neurociencia en un tándem colaborativo, el proceso de desvelamiento acerca de lo que la conciencia pueda ser ha alcanzado una diversidad y profundidad inusitada, como corresponde a las construcciones científicas universales/ecuménicas que graban en el pavimento del saber las huellas de la especie. De modo que los conceptos también han cambiado. Un ejemplo es la “red neuronal por defecto”.
Se trata de algo semejante al skroll o vagabundeo mental, en el que están implicadas de forma conjunta determinadas regiones y estructuras del cerebro que, como indica su nombre, trabajan en red. Una de esas estructuras, que se relaciona con la gestión de las emociones, es la amígdala. Situada en la zona subcortical, entre el hipotálamo y el hipocampo, cuando la amígdala se inflama (lo que ocurre a menudo) se dispara nuestra sensación de miedo. De incertidumbre.
La ciencia hoy nos dice que nuestro cerebro es predictivo. Hacemos viajes de ida y vuelta entre los recuerdos del pasado y las proyecciones del futuro buscando patrones que nos aporten seguridad. Es lo que algunas filosofías orientales denominan “la mente del mono”. Porque esa terquedad inconsciente, de saltar de rama en rama e ir de atrás hacia adelante o viceversa, genera una ansiedad obsesiva. Para calmarla lo mejor es centrar nuestra atención en el presente. Limitar las opciones. Conducirnos, en definitiva, por rutas conocidas.
Yo, por ejemplo, tomo la N525 y me limito a derecha o a izquierda. Entre la estación de servicio de Cea y la de Tamallancos disipo esa ansiedad. Y me va genial.
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