Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
En la calle se firman audaces cheques en blanco. Los deseos se posan en el estómago como delicadas retorsiones del nervio vago al cruzarse con una cara bonita o la gentileza de un gesto inesperadamente atractivo. Y entonces se desata un aguacero sobre la tierra desecada por las obsesiones, la monotonía o la inhibición. El cuerpo contraído se libera. Transita por un territorio plagado de fugaces posibilidades.
Todavía hoy paseamos a los bebés para que cojan el sueño. Y probablemente lo hacemos porque así emulamos los desplazamientos de la tribu durante largas jornadas en las que todos, como un solo cuerpo, nos movíamos juntos
En la acera, en un café, en la cola de un establecimiento al que acudimos para repatriar nuestra individualidad a la cosa común, somos cuerpos navegantes en un biotopo fluido. Cuerpos en relación con otros cuerpos.
Y si casualmente nos encontramos con algún conocido que nos pregunta qué tal va la cosa o cómo estamos, la mejor respuesta suele ser: todo bien. Porque al expresarlo así se produce la disposición tácita de un sortilegio que nadie desea romper. Sí, todo bien. Es un compromiso colectivo. El entumecimiento psicológico que se quede en casa. Ahí afuera, salimos a cargar las baterías. No vamos a cargarnos el buen rollo.
No sé. Quizá responda a una vieja teoría que atribuye las neurosis modernas al sedentarismo. La evolución nos ha preparado para caminar y ser felices. Nuestros vestigios como especie nómada apuntan reminiscencias muy remotas. Todavía hoy paseamos a los bebés para que cojan el sueño. Y probablemente lo hacemos porque así emulamos los desplazamientos de la tribu durante largas jornadas en las que todos, como un solo cuerpo, nos movíamos juntos.
Por otra parte, observar un cuerpo en movimiento, como decíamos más arriba, es la puerta de entrada al deseo y a las ganas de enamorarse. La clase de aspiraciones vitales que nunca caducan.
También se habrán fijado en la cara de felicidad de los peregrinos. Aquí en el rural ejercen de transeúntes. Como declaraba alguien en este periódico recientemente, las aldeas se vacían, pero los caminos vuelven a estar llenos. Llueva o haga frío a estos caminantes siempre se los ve bien. Les preguntas y muy sonrientes te responden que todo bien. Son cuerpos felices. Puede que el mundo siga con sus cochinadas habituales o sus putas masacres e injusticias, pero ellos han encontrado cierta clase de nueva fe al arrastrar las botas y las sandalias cruzando pueblos y comarcas.
Por eso yo sospecho que más que una presunción espiritual, se trata del cuerpo reintegrado a su acción favorita, que es caminar. La exploración sensorial en movimiento. Y también de un desacato a las rumiaciones interiores que como una esponja absorben la inquietud mental. Así que la santurronería tiene poco que ver con esto. O eso creo .
En definitiva, todo bien, es todo lo que uno desearía expresar.
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