Opinión

“Era de noche y sin embargo llovía”

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“Era de noche y sin embargo llovía”

En su tiempo fue muy comentado el hecho de que, en una película del oeste, ahora no recuerdo en cuál, un indio sioux apareciese luciendo un hermoso reloj de pulsera imposible en aquella época. Entonces era muy normal que despistes de este tipo echasen abajo el prestigio debido al resto de las del oeste.

Neira de Mosquera, autor reconocido en su tiempo, dejó de ser quien había sido por el comienzo de una novela, el siguiente: "Era de noche y sin embargo llovía". Ese "sin embargo" embargó toda su trayectoria anterior y lo dejó a los pies de los caballos. Hoy ya casi nadie se acuerda del compostelano que había alcanzado éxito en Madrid.

Cuando alguien escribe una novela histórica, o un guión para una película de época, lo mejor que puede añadir al esfuerzo de redactar es el uso de una documentación lo más exhaustiva posible. Estoy recordando ahora la novela de una escritora gallega actual tan llena de inexactitudes que la convertían en deleznable pese a que la trama estaba bien urdida, el tiempo de la acción bien medido, sus diálogos eran más que aceptables, pero el que la editorial que se la publicó no contase con un editor al estilo de los norteamericanos, que comprobase datos, referencias geográficas, náuticas o de cualesquiera otra índole, la convirtieron en prescindible. Tampoco nadie escribe una serie sobre los servicios de urgencias en un hospital sin el debido asesoramiento médico. Ni otra sobre la vida en un tribunal de justicia sin estar asistido desde el comienzo por unos cuantos jueces o abogados. ¿Se imaginan que alguien escribiese una novela acerca de un protagonista paranoico, o de un asesino en serie, sin haber documentado o sin haber sido asesorado adecuadamente?

Acabo de ver la serie titulada "Altamar" y leo, utilizando la Internet, que su guión está escrito por quien ya hizo el de "Fariña", aquella otra serie de una verosimilitud algo más que aceptable y dueña de un realismo serio que, pese a su crudeza, convencía. Acaso porque estuviese basada en un texto literario de una gran densidad que fuese consecuencia de un conocimiento previo del universo descrito en él. No sucede así en "Altamar" o así me lo pareció a mí. Cada uno de los ocho capítulos chirría de forma notoria, a veces por una razón, por otras bien distintas en otras.

Contrasta lo que luego se dirá con lo lograda que está la escenografía. En no pocas oportunidades el espectador puede dudar si los interiores del buque son reales y si, para el rodaje de la serie, recuperaron, de algún puerto de un país asiático, un viejo trasatlántico, de los no pocos que fueron a parar allí antes de ser destinados a un desguace ya inevitable. Además el que las chimeneas sean las de una compañía británica en un barco llamado "Bárbara de Braganza" es realmente una coña marinera o el que delante del timonel no se vea un bitácora, otra Pero los escenarios del interior e incluso de alguna cubierta, en general son magníficos.

Sin embargo el comportamiento en el puente parece una parodia; el desconocimiento de los códigos del mar, otra; la interpretación de los oficiales ridícula, en no pocas oportunidades, y ese jefe de máquinas en su puesto de mando, calzando gorra de plato con funda blanca y vestido de uniforme, inefable. El administrativo del mostrador de recepción, que entonces era llamado amanuense, vestido de marinero no es de recibo. Sería admisible un capitán en funciones de sobrecargo o un amanuense vestido de marino aunque sin galones o, como mucho, con galones blancos.

La interpretación, no se sabe si a causa de una mala dirección, resulta de muy baja calidad. Es creíble y aceptable la de la hermana que se enamora del primer oficial; cursi el de la hermana que se casa con el armador del buque, que sí se salva de la mediocridad de prácticamente el conjunto del elenco. La interpretación del detective Varela sobresale por encima de la de los demás al dotar a su personaje de una medida, equilibrada y justa, que lo convierte en el más destacable de todo el elenco. El segundo oficial de puente interpretando las secuencias del temporal que atraviesa el buque reclama para el director de la serie un asesoramiento mínimo porque ese no es un personaje real a bordo de casi ningún trasatlántico de la época. El tío de las hermanas protagonistas no luce a la altura de la interpretación que se espera siempre de él y la del padre de las dos criaturas, el malo más malo de todos malos que hayan subido a un trasatlántico, resulta tan sobredimensionada en su maldad física que estremece.

Existen demasiados anacronismos y bastantes lagunas en el guión. Un buque de ese porte debe llevar no solo un médico y personal sanitario a bordo sino un hospital de pequeñas dimensiones. El recinto en el que encerrar a un pasajero afectado por algún trastorno físico debería estar acolchado. El detective en un trasatlántico español incluso de años posteriores solía ser un policía, o dos, que realizaban un viaje de ida y vuelta, camuflados por completo entre la tripulación, y luego eran relevados. Es de desear que el gran esfuerzo de producción realizado, llegada la hora de la segunda temporada, se vea igualado por una mayor intensidad a la hora de documentar la vida en aquel tiempo. Así será creíble. De momento no lo es y es una pena, el esfuerzo hecho en la producción así lo reclama e historias que contar sucedidas a bordo de un correo las hay a docenas.