El beato Wintila, entre lo histórico y lo legendario

Publicado: 26 abr 2025 - 04:00
Foto Solá de 1925. Iglesia y rectoral de Punxín; foto 1918 sacada de Eco de Galicia. Sepulcro de plata donde se guardan los restos del Apóstol Santiago; y fuente de San Wintila e iglesia de Santa María de Punxín.
Foto Solá de 1925. Iglesia y rectoral de Punxín; foto 1918 sacada de Eco de Galicia. Sepulcro de plata donde se guardan los restos del Apóstol Santiago; y fuente de San Wintila e iglesia de Santa María de Punxín.

En ocasiones, lo histórico y lo legendario se funden en el rural ourensano. Más aún en las postrimerías del siglo IX, cuando la orilla derecha del Miño se hallaba en proceso de repoblación. En ese instante había familias que no veían con malos ojos que los hijos pusiesen sus vidas al servicio del creador. A fin de cuentas, la visión teocéntrica lo invadía todo. Y no sorprende tampoco que, en este contexto de reconquista, anacoretas, como Wintila, escapando del mundanal ruido, colaborasen casi sin percatarse en la explotación de las tierras. Kurth, historiador belga, se atrevía a decir que nadie había ejercido jamás mayor influencia en la sociedad que estos grandes solitarios.

El Santoral, en seguida, recogió la festividad de Wintila, el 23 de diciembre, junto a otros santos, como Nicolás, Sérvulo, Pompeyo o Santa Victoria. Con todo, sería el lunes siguiente al de Pascua - lunes de Quasimodo-, cuando comenzaba a celebrarse la gran romería a la que acudían devotos de todos los pueblos del entorno

En efecto, el propio Wintila, al amparo del rey Alfonso III, el Magno, elegía vivir en recogimiento espiritual entre Freás y Punxín -un paraje próximo a la confluencia entre el Barbantiño y el Miño-. El obispo de Ourense, Sumna, tratando de fortalecer la sede episcopal, tal como le había encargado el monarca, bendijo la llegada del eremita. Tras el descalabro que había vivido la diócesis con Sebastiano y Censerico, el nuevo Prelado quiso apuntalar la estructura de la iglesia auriense. El viento soplaba a su favor y tan solo tenía que ajustar las velas. Por un lado, potenció el culto al considerado segundo apóstol de Galicia, San Martín de Dumio; y, por otro, le permitió al imberbe anacoreta asentarse en el rincón que había elegido para retirarse, a tres leguas de la ciudad.

Foto Taxes de 1924. Sepulcro de piedra que guarda los restos del beato Wintila.
Foto Taxes de 1924. Sepulcro de piedra que guarda los restos del beato Wintila.

Tanto el Martirologio romano, como el Cardenal Baronio -historiador eclesiástico del siglo XVI-, autorizan la memoria de Wintila. Con posterioridad, Martínez Sueiro cree que no sería nada extraño que el eremita, estuviese adscrito a la decanía de Barra, en la desembocadura del río Barbantes. Consideraba plausible que pudiese ser el mismo Cenobio al que se refería, en 1863, el P. Croiset. En la obra “Año Cristiano”, recogía que aquel siervo de Dios se había retirado a un convento hasta que, probada su vocación, obtenía la licencia para retirarse al “desierto”. Fuese como fuese, lo cierto era que, al final, se refugiaba en aquel hermoso paraje del interior de Galicia, al igual que lo habían hecho, en otro tiempo, San Millán en La Rioja o San Frutos en Segovia. Con ellos, renacía la ortodoxia religiosa, y nada unía más en la fe, que el ejemplo viviente de los ermitaños. Luego, la tradición popular se encargaba de llenar el enigma que rodeaba a estos grandes solitarios, con la magia de la imaginación.

Ciertamente, historia y leyenda comenzaban a ir de la mano. De padres a hijos, se fue honrando la memoria del beato. Pronto, el relato de la disputa sobre quién tendría el honor de enterrar el cuerpo del cenobita, quedó impreso en la reminiscencia de las gentes del lugar. La tradición oral se encargó de trasmitir, desde tiempos inmemoriales, cómo aquel altercado se había resuelto con ingenio. El vecindario acordó que el difunto se pondría en un carro arrastrado por dos bueyes, uno de Punxín y otro de Freás. En el lugar en el que se parasen, sería inhumado, y, posteriormente, custodiado por la vecindad. Finalmente, los animales de tiro, símbolo de la fuerza y de la prosperidad, se detuvieron en el mismo sitio en el que, ahora, se levanta el templo de Santa María de Punxín. En la cubierta del sepulcro de piedra que tenía forma trapezoidal rezó el siguiente epitafio: “Aquí descansa el siervo de Dios Wintila que murió el día X de Kalendas de enero de la era de 928” -23 de diciembre de 890-.

Foto Solá de 1925. Iglesia y rectoral de Punxín.
Foto Solá de 1925. Iglesia y rectoral de Punxín.

Hoy, es una “joya histórica”. Es una obra única, no sólo porque es uno de los más antiguos sarcófagos de santos que se conservan, sino también porque sus restos no sufren una traslación como ocurre, posteriormente, tras la fiebre del culto sepulcral entre los siglos XI y XIII. A pesar de su antigüedad y de estar realizado en granito, aparece decorado, con motivos ornamentales. Destacan, en especial, los arcos de medio punto que rememoran, sin duda, la Jerusalén celestial. El peregrino o el devoto siente que está ante los restos mortales del santo, pero sabe que su alma ya pasó a morar, entre los justos, en la ciudad eterna, desde donde, ahora, el beato puede interceder por él.

El Santoral, en seguida, recogió la festividad de Wintila, el 23 de diciembre, junto a otros santos, como Nicolás, Sérvulo, Pompeyo o Santa Victoria. Con todo, sería el lunes siguiente al de Pascua - lunes de Quasimodo-, cuando comenzaba a celebrarse la gran romería a la que acudían devotos de todos los pueblos del entorno. El beato ejercía, así, desde el siglo IX, el patronazgo sobre los labradores de la zona. En un principio, aquellos campesinos venían a pie, y, tras asistir a los actos litúrgicos, volvían a sus casas, con el maíz bendito y con agua de la fuente del santo. Ya, en el siglo XIX, con la llegada de la línea de ferrocarril, empezaron a acudir, en masa, fieles de distintas partes de Galicia. Se facilitaban trenes con destino a Barbantes. Desde allí, los romeros emprendían a pie el trayecto hasta el punto en el que se celebraba la fiesta.

Existen muchos enigmas sobre el beato; sí. Algunos autores hablan de su procedencia centroeuropea, otros, afirman que nace en España, aunque su familia pudiese tener descendencia húngara o rumana. Pero, lo que es innegable, es que el sarcófago de Wintila es uno de los dos sepulcros de santos más antiguos que se conservan. Las demás lápidas sepulcrales, por muy suntuosas que sean no son sino copias de otras que, en otrora, fueron originarias como ésta.

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