Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
TRIBUNA
Era una espina que tenía clavada… Eustaquio Ilundain ocupaba la mitra de Ourense, pero también ostentaba el cargo de Senador del Reino por el Arzobispado de Santiago de Compostela. En efecto, lo cierto es que le había faltado tiempo para participar en el primer Año Santo del siglo XX que marcaba el renacer de la peregrinación jacobea. La capital de Galicia, en 1909, había acogido en su seno dos hechos que habían acaparado todos los focos. Uno, era la Exposición Regional Gallega; otro, el Año Santo. El primero simbolizaba el porvenir; el segundo, el resurgir de Iacobus -Santiago, en hebreo-. Bien es verdad que, por encima de las demás diócesis, la participación de los arciprestazgos de la provincia de A Coruña había sido clave. De los 140000 peregrinos que habían llegado, el 95% eran de procedencia gallega, y, de ellos, el mayor porcentaje, feligreses herculinos. Tan solo un 0,5 % eran extranjeros. Pese a todo, el impacto mediático de los romeros europeos supuso, paladinamente, el resurgir de las rutas jacobeas.
La peregrinación de la máxima autoridad católica inglesa, aunque no fuese desde el puerto de A Coruña, desde donde hacía el camino, sino desde Vigo, en compañía de unos 50 peregrinos
La excursión británica encabezada por el arzobispo de Westminster, más numerosa que la que llegaba de Baviera -Alemania-, fue punta de lanza en la revitalización no sólo del trayecto de Roncesvalles sino, sobre todo, del Camino de Londres a Santiago -no en vano Irlanda había sido conocida como la isla de los Santos-. La peregrinación de la máxima autoridad católica inglesa, aunque no fuese desde el puerto de A Coruña, desde donde hacía el camino, sino desde Vigo, en compañía de unos 50 peregrinos -nada que ver, por supuesto, con la que arribaba en el siglo XV al puerto herculino en 63 naves en las que habían viajado alrededor de 3000 británicos-, suponía un chute de adrenalina para la cristiandad. Rememoraba los gloriosos anales de la Anglia Sacra -Londres contaba con 124 templos católicos-, y, además, ponía el punto de mira en Compostela, ciudad apostólica por excelencia.
En 1915, la festividad de Santiago, volvía a caer en Domingo, y en este II Año Jubilar del siglo XX, Eustaquio Ilundain, adquiere un mayor protagonismo. Los obispos gallegos, y, en concreto el ourensano, tuvieron un rol esencial para mantener al alza el número de peregrinos mientras el mundo se conmovía con los horrores de una confrontación bélica. La I Guerra Mundial aniquilaba el tránsito de los caminantes europeos. Con todo, aun así, la cifra de devotos, gracias a la participación activa de las diócesis de Galicia, se mantuvo -estuvo cercana a los 100.000 devotos-. El éxito no sería tal sin la existencia de comisiones organizadoras, similares a la que presidía Bernardo Carrascal, Maestrescuela de Santa Eufemia. Estas planificaban, al detalle, el itinerario, el hospedaje y las ceremonias en las que se iba a participar. La expedición ourensana, por ejemplo, acordaba con la Compañía de Ourense a Vigo un tren especial para hacer asequible el viaje a todos los bolsillos - ida y vuelta en 1ª, costaba 30; en 2ª, 23; y en 3ª, 14 pts.-.
La difusión del evento en la prensa, la intervención de distintas instituciones, el programa detallado de lo que el romero iba a hacer y las facilidades que se daban para poder ganar el jubileo, posibilitó que desde Ourense saliese hacia la estación de Cornes una magna peregrinación. La expedición estaba presidida por el Prelado ourensano. A su llegada, en un ambiente festivo, animado por la banda de la Beneficencia, los recibía una representación del ayuntamiento compostelano, del cabildo, de los franciscanos -entre los que se encontraba el padre Eiján-, miembros de la Cruz Roja y de distintas sociedades de la ciudad. Desde allí, Ilundain se trasladaba al Palacio Episcopal. Al día siguiente, después de la celebración de una misa presidida por el obispo de Ourense en la Alameda, y de recordar la figura del prelado compostelano San Pedro de Mezonzo, autor de la Salve Regina, bajo el tañido de las campanas, eran recibidos en la Catedral por el Cardenal y por el Cabildo. Dentro del templo, los romeros aurienses participaron en todos los rituales previos -bendición de medallas, abrazo a la imagen del santo…-, a salir por la Puerta Santa, tras el estandarte que portaba Valeriano Feijóo, teniente de alcalde ourensano. Entre ellos, figuraba un elenco de peregrinos seglares, representativos de distintas instituciones ourensanas -incluido el director de La Región, Marcial Ginzo Soto-, y, también una amplia gama del clero tanto secular -92 sacerdotes-, como del regular -franciscanos, salesianos y hermanas de la caridad de Ourense-.
En la ciudad de las Burgas, no faltaban huellas de la iconografía jacobea; ni en la catedral, ni en poblaciones cercanas por donde transcurrían rutas secundarias. Y, aún más, desde el instante en que Ilundain, para impulsar el fervor al Apóstol, pone la primera piedra al año siguiente del I Año Santo del siglo XX, con el fin de construir la iglesia parroquial de Santiago de As Caldas en el barrio de A Ponte.
Una década después, tras una inversión de 400.000 pesetas se inauguraba, sin la torre y con una fachada provisional. Indiscutiblemente, cuando Eustaquio Ilundain abandona la diócesis de Ourense para ser promovido para la sede metropolitana de Sevilla, entre otras cosas, por obras como ésta, ya era entre los 95 obispos que habían ocupado la mitra, la figura del episcopologio auriense que más le había hecho “un guiño” a Santiago.
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