Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Vivimos un tiempo paradójico, donde nunca hubo más información disponible y, sin embargo, nunca fue tan difícil orientarse en ella. La polarización ha fracturado el diálogo público hasta extremos que deforman la convivencia democrática. Hoy no se discute para comprender, sino para vencer. No se razona para iluminar, sino para humillar al adversario. Así se degrada la verdad, que no es un adorno moral ni un lujo filosófico, sino la argamasa silenciosa que sostiene a las sociedades libres.
Jonathan Swift, que conocía bien los vicios de la política, hizo en Las artes de la mentira política un diagnóstico inquietantemente contemporáneo al afirmar que algunos políticos “hacen de la mentira un arte y, cuando esta prospera, ya no sienten vergüenza, sino orgullo”. La obra de Swift resulta hoy, inquietantemente contemporánea. Una falsedad hábilmente lanzada viaja más rápido que cualquier aclaración posterior porque, como escribió también el propio Swift, “la falsedad vuela, y la verdad viene cojeando detrás”.
Nuestro ecosistema no ha inventado el engaño, pero sí lo ha convertido en un atleta profesional. Las insinuaciones de lawfare y los veredictos prematuros que se producen en nuestro país no buscan esclarecer la realidad, sino condicionarla y convertirla en arma arrojadiza. Aquí cobra sentido la advertencia de Dietrich von Hildebrand, quien en su obra El destronamiento de la verdad explica con rigor que toda sociedad que relativiza la verdad termina por relativizar también el bien.
La posverdad no es solo un fenómeno comunicativo, sino un clima moral donde el criterio se desplaza desde la evidencia hacia la identidad.
A esta dinámica contribuye, por desgracia, un periodismo cada vez más colonizado por agendas ideológicas. No hablamos de pluralidad, sino de una renuncia práctica a la verificación, olvidando aquello que decía Chesterton: “la prensa libre no es la que puede mentir, sino la que dice la verdad”. Hay periodistas que ya no informan: militan. Y esa militancia se disfraza de objetividad para influir, no para iluminar. George Steiner, en ¿Tiene futuro la verdad?, lo expresó con su lucidez habitual: “las palabras, cuando se tuercen, no solo mienten: humillan”.
Las redes sociales han acelerado esta erosión. La posverdad no es solo un fenómeno comunicativo, sino un clima moral donde el criterio se desplaza desde la evidencia hacia la identidad. Creemos, o rechazamos, una afirmación según quién la pronuncie, no según cuánto se ajuste a los hechos. En este sentido, Swift tenía razón al señalar que “no hay nada tan absurdo que no pueda ser creído si quien lo dice es poderoso o popular”.
El ciudadano, atrapado entre propaganda oficial y tertulias convertidas en coros, se ve obligado a un esfuerzo que antes hacían otros por él: discriminar, verificar, poner en duda. Von Hildebrand recordaba que “el primer acto de justicia es ver la realidad como es”.
Lo que está en juego no es una batalla retórica, sino el marco moral que permite a un país sostenerse sin derramarse. La democracia no se sustenta en mayorías ocasionales, sino en una cultura de confianza. Y esa confianza solo florece cuando la verdad ocupa su lugar central.
Swift, Steiner y von Hildebrand, tan distintos entre sí, coinciden en lo esencial: cuando la verdad se repliega, la libertad se tambalea. Por eso, en un tiempo en que la mentira ya no sonroja, decir la verdad sin estridencias se ha convertido en un acto de resistencia cívica.
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