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Recelos con Sánchez en el mundo económico

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Recelos con Sánchez en el mundo económico

Felipe González, expresidente del Gobierno.
photo_cameraFelipe González, expresidente del Gobierno.
Las reacciones tras el anuncio de un gobierno formado por el PSOE y Unidas Podemos -lejos de la centralidad política– han sido las lógicas, con los empresarios en contra y los sindicatos a favor.

España se asoma a un escenario político y económico novedoso derivado de un posible Gobierno de coalición de izquierdas, una fórmula inédita aquí pero no en otros países, ni tampoco en otras esferas de poder como las comunidades autónomas, las diputaciones y los ayuntamientos. Galicia, sin ir más lejos, tiene diversas experiencias a todos esos niveles con gobiernos de socialistas y nacionalistas de izquierdas, algunos comunistas. Unas salieron bien, otras no.

La novedad, por tanto, es relativa, pero no por ello deja de ser relevante en términos políticos y económicos. Si bien se verbaliza poco, lo que realmente llama la atención no es tanto un Gobierno de izquierdas como un ejecutivo encabezado por personas que, por mucho que ahora se abracen, se han dicho de todo menos bonito. Pedro Sánchez debe entender que si él no se fiaba de Pablo Iglesias, mal podrán hacerlo quienes, además, están en sus antípodas políticas y económicas; es decir, la mayoría de los españoles. Ahí radica la primera debilidad del posible –que no seguro– nuevo Gobierno de España. Pero no la única.

En Europa occidental, el comunismo y la izquierda del socialismo siempre han estado presentes en todos los parlamentos, pero rara vez han estado representados en los gobiernos nacionales. No hay leyes escritas al respecto pero la realidad es así. Por tanto, modificar ese estatus exige una explicación a fondo –desde luego algo más que un folio y medio de generalidades– y una base parlamentaria, que a día de hoy no existe. Si el PSOE de Pedro Sánchez da finalmente ese paso –histórico– sabe que no solo el partido corre riesgos, sino también el conjunto del Estado. De algo así ya le ha advertido el ex presidente socialista Felipe González.

Un proceso de tales características no tiene que ser necesariamente negativo para la economía –los empresarios y los sindicatos están habituados a manejar todo tipo de escenarios políticos, y además aprenden rápido– pero debe ser explicado con mucho detalle, lejos de la falta de transparencia que estamos viendo, fruto de una política de comunicación víctima de las peores artes del marketing.

En Alemania, donde no hubo gobierno de coalición de izquierdas, sino de un partido como el PP –democristiano– y otro como el PSOE –socialdemócrata– se pasaron seis meses definiendo cada detalle de su programa de gobierno. No lo hicieron para perder el tiempo ni para marear la perdiz, como se hizo en España entre abril y noviembre, sino para que tanto los gobernantes como los gobernados sepan a qué deben atenerse. Las primeras reacciones tras el anuncio de un gobierno formado por el PSOE y Unidas Podemos –lejos, por tanto, de la centralidad política– han sido las lógicas, con los empresarios en contra y los sindicatos a favor. Pero esto no solo va de lógica, sino de presupuestos, políticas y resultados, a sabiendas de que en un país como España hay contrapesos, reguladores, controles europeos, políticas comunes con los socios de la UE, una moneda única que exige darle respaldo, etcétera, etcétera, etcétera.

Hoy por hoy España sigue sin presupuestos actualizados, con un Gobierno en funciones y una expectativa de un ejecutivo de izquierdas sin base parlamentaria asegurada y, en consecuencia, menos aún sin un plan presupuestario estable. Todo lo demás –el marketing de Redondo– puede estar muy bien, pero sirve de poco.

@J_L_Gomez