LA REVISTA

Anita Berber, expresión vivida

Anita Berber (Atelier Blinder).
Anita Berber (Atelier Blinder).
Anita Berber, expresión vivida

El Berlín de los 20 era un cuadro de Kirchner o una escena de Fritz Lang donde la vida lucía tan intensa como si se fuera a apagar mañana. Elegante, enigmática, provocativa, Anita Berber vivió 29 años (de 1899 a 1928). Fue bailarina, actriz, modelo y mujer desinhibida, además de cocainómana. Las postrimerías de la Alemania de la República de Weimar eran algo así como la antesala del purgatorio, con destino al infierno. Icono salvaje del expresionismo, llevó al límite su pasión por la danza, bailando desnuda en cabarets y provocando al personal a golpe de amoríos lésbicos y otras hierbas. Lo mismo se enamoraba de hombres que de mujeres, que bailaba vestida de hombre ejerciendo de "dominatrix" sobre el escenario que encapsulada en un corset de alambre con el pecho al descubierto.

La República se consumía, mientras la noche berlinesa recogía toda la magia ilustrada de una civilización en su fin. En breve, el arte de vanguardia, la expresividad que ilustraba todo aquello, sería arte degenerado con destino a las mazmorras. Mientras, Anita Berber, bebía la efervescencia de su arte igual que disfrutaba del concepto libérrimo de su sexo, unas melodías apresuradas que la iban a consumir muy breve. La cocaína es lo que tiene. Se había casado -1919- con un hombre rico, Eberhard von Nathusius, quien le dio esa independencia que todos sueñan sin mucho peaje a cambio. Aquel mismo año protagonizaría una película, “Diferente a los demás”, de Richard Oswald, una de las primeras películas que aborda la homosexualidad sin provocar un cisma; en 1922, participaría en Dr. Mabuse, de Fritz Lang. En 1922 se casa con su pareja artística Sebastian Droste, “Morphium”, “Casa de locos” y un libro “Danzas de vicio, horror y éxtasis”, con poesías, dibujos y fotografías en actitud viva y expresiva que recoge la esencia de sus espectáculos.

En 1924 se vuelve a casar con un bailarín norteamericano, Henri Chatin-Hoffman, con quien vuelve a conjugar el verbo provocación sin distingos entre escenarios y vida privada que quedaba plenamente recogida por la prensa de la época, quien se hacía eco de sus vida de excesos entre drogas y sonoras orgías. Otto Dix, la pintó ya ausente con la mirada perdida y las manos regaladas sobre sus caderas. Ya no era Anita Berber.