ANIVERSARIO

Celeste Caeiro, la mujer que “bautizó" la revolución lusa

A sus 80 años aún se ruboriza al recordar el clavel que regaló a un soldado el 25 de abril de 1974.

La portuguesa Celeste Caeiro, la mujer que con sus claveles daba nombre a la revolución, en Lisboa
La portuguesa Celeste Caeiro, la mujer que con sus claveles daba nombre a la revolución, en Lisboa
Celeste Caeiro, la mujer que “bautizó" la revolución lusa

De apenas metro y medio de estatura, no habla, susurra. Celeste Caeiro, a sus 80 años, se ruboriza cuando le dicen que es parte de la historia. "No tenía nada más para dar que un clavel", rememora humilde la mujer que, sin pretenderlo, dio nombre a la revolución lusa.

Aunque el levantamiento que acabó con cerca de medio siglo de dictadura en Portugal fuera obra y gracia de los militares y la transición a la democracia liderada por los políticos, Celeste -de profesión camarera, costurera, estanquera y empleada en un guardarropa- será recordada como la responsable de que el 25 de abril de hoy hace 40 años pasase a la posteridad como la "Revolución de los Claveles".

De madre española, es la menor de tres hermanos y apenas conoció a su padre, que los abandonó. La historia se repitió con el padre de su única hija, que se marchó sin dejar rastro y la convirtió en una madre soltera, algo poco habitual en aquellos años y más aún en el católico Portugal de mediados del siglo XX.

Un año antes del golpe de Estado, un 25 de abril de 1973, comenzó a trabajar en el ropero de un restaurante que abrió en el centro de Lisboa, el "Sifire", que introducía un concepto novedoso: el autoservicio. Comienza la sencilla historia de Celeste, ya parte de los libros. "Los dueños querían hacer una fiesta para celebrar el primer aniversario de la casa y en una fiesta no pueden faltar las flores", relata.



Día entre flores

"El 25 de abril de 1974 fui como era costumbre pronto al trabajo (...) Llegamos, vimos la puerta cerrada y el gerente nos dijo que no se abría ese día porque estaba produciéndose una revolución pero que fuésemos al almacén y nos llevásemos las flores", recuerda.

"Me dije para mis adentros: si hay una revolución, yo quiero ver lo que está pasando", asegura. En la neurálgica plaza del Rossio, justo al inicio del Largo do Carmo, estaban los tanques de los sublevados. "Miré para ellos y le dije a un soldado: ¿Qué es esto, qué están haciendo aquí? 'Vamos para el Cuartel del Carmo, donde está Marcello Caetano, el presidente (heredero del régimen de Salazar)", le respondieron. El soldado pidió a Celeste un cigarrillo. "Miré a los claveles y le dije que me sabía mal, pero que sólo tenía flores. Cogí un clavel, el primero fue rojo, y él lo aceptó, agarró el clavel y lo colocó en su fusil", describe deletreando casi las palabras El resto de soldados imitaron a su compañero y pidieron a Celeste uno de esos claveles que llevaba bajo el brazo, hasta agotarlos todos.

Su acto dio nombre a una Revolución única, que se recuerda por la ausencia de derramamiento de sangre y cuyo legado algunos consideran puesto en riesgo por los ajustes y recortes aplicados en el país desde que solicitó la ayuda financiera, hace ahora tres años.

La profusión de conferencias, debates y exposiciones sobre el 40 aniversario del 25 de abril contrasta con la escasa exposición pública de esta anciana, cuya historia es desconocida incluso por muchos de sus compatriotas y que lejos de ser homenajeada o reconocida, sobrevive con una pensión mínima de apenas 370 euros. "Yo tengo una jubilación muy pequeña y pago mucho de renta, 190 euros al mes. Es mi hija la que me ayuda", explica.

Militante del Partido Comunista, admite que ya de joven era "rebelde" y contraria a la dictadura. Ahora, pese a su delicado estado de salud, se deja ver en muchas de las manifestaciones convocadas contra las medidas de austeridad, prueba de que, 40 años después, todavía tiene motivos por los que protestar.