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La Unión Europea sigue siendo la solución

Para los países ricos, como Alemania y Francia, Europa fue una forma de superar las tensiones del pasado, incluso bélicas, y después fue una oportunidad para agrandar sus mercados. Hoy es mucho más que eso.

Macron, con la canciller Merkel y Theresa May, en una cumbre europea.
Macron, con la canciller Merkel y Theresa May, en una cumbre europea.
La Unión Europea sigue siendo la solución

Europa, que lo fue todo en el mundo, se está quedando en una familia rica venida a menos. Estados Unidos y China forman una pinza económica que condiciona el marco de desarrollo europeo, que si bien sigue en pie se tambalea. La globalización favorece este proceso, ante el que Europa poco más puede hacer que adaptarse.

Desde el punto de vista económico es tan absurdo el populismo de derechas como la ensoñación de la izquierda radical. En el primer caso es descabellado, además de imposible, ponerle puertas al campo mediante los nacionalismos populistas, y en el segundo es una pura quimera aferrarse a un modelo de Estado de bienestar propio de otros tiempos, por muy deseable que siga siendo.

Dado su nivel de población y de PIB, Europa no puede poner las reglas económicas del planeta. A lo sumo puede reequilibrar las ambiciones de otras grandes potencias e ir pensando cómo concilia el fenómeno de la inmigración con su necesidad de rejuvenecimiento y de aumento de su población.

Las proyecciones demográficas de Asia, América e incluso África obligan a Europa a replantearse su modelo. Las opciones no son muchas: quedarse como está, hasta ser una especie de resort venido a menos, o crecer. Tanto en PIB como en población, ya sea por sus propios medios, favoreciendo las políticas de natalidad, o abriendo sus fronteras, lo cual parece bastante más fácil, a riesgo de ser más conflictivo si las cosas no se hacen bien.

Lo que no podrá decidir Europa es el modelo de crecimiento de China, Estados Unidos y otras potencias como la India, Brasil o Rusia, cuyas afinidades con la Vieja Europa no son precisamente muchas. Ni siquiera cuando sus políticas de educación y sanidad son avanzadas se parecen a las europeas.

Europa se basa actualmente en estados del bienestar que copan una franja muy ancha de su PIB, lo cual ha generado importantes déficits públicos que Alemania pretende corregir, hasta eliminar, antes de dar nuevos pasos adelante en lo que solemos llamar más Europa. Son sus reglas, incomprendidas a veces por sus socios más pobres, pero en el fondo incuestionables, ya que en la Unión Europea no hay ningún bloque alternativo a Alemania. Esto no es así por ningún capricho que favorezca al Gobierno de Berlín, sino porque en la UE las decisiones se toman por una mayoría que Alemania tiene casi siempre garantizada, generalmente de la mano de Francia.

Para estos dos países ricos, Alemania y Francia, Europa fue una forma de superar las tensiones del pasado, incluso bélicas, y después fue una oportunidad para agrandar sus mercados internos, que se quedaron pequeños para sus producciones industriales y de servicios. Hoy Europa es mucho más que eso, pero a la vez tropieza con los populismos que cuestionan su existencia y no acaba de encontrar un modelo económico para progresar al ritmo que precisa hacerlo frente a China y Estados Unidos.

Tampoco basta con que los países ricos inviertan en infraestructuras en los pobres para después poder venderles sus bienes industriales. Si bien ese modelo sirvió para modernizar las infraestructuras de países como España y Portugal, hoy ya no da mucho más de sí, y exige que los socios menos favorecidos definan sus propios modelos de crecimiento. No basta con el ladrillo, de ahí que veamos ahora tanto desarrollo turístico en España y Portugal, en paralelo con sus avances en las exportaciones.

@J_L_Gomez