REPORTAJE

El mal que calló las campanas

Se cumplen 100 años de la gripe de 1918 que arrasó la provincia. Ourense registró una de las mayores tasas de mortalidad del país a causa de la pandemia que prohibió los entierros y el Día de Difuntos y no entendió de clases. 

Iglesia de Santa Olaia, en la parroquia de Parderrubias (A Merca).
Iglesia de Santa Olaia, en la parroquia de Parderrubias (A Merca).
El mal que calló las campanas

En octubre de 1918, hubo entierros en Parderrubias (A Merca) los días 13, 15, 16, 20, 21, 22, 28 y 29. "Conmueve imaginarse funerales casi todos los días de esa desgraciada quincena", dice Juan Carlos Sierra Freire, doctor en Psicología y oriundo de la parroquia. En las mismas fechas murió su bisabuelo, el labrador José Epifanio Freire, a los 47 años. Fue la primera víctima de la gripe de 1918 en el lugar de Soutopenedo. Al mismo tiempo, la peste arrasaba–literalmente–la provincia. Junto a Burgos, Zamora, Palencia y Almería, la provincia de Ourense sufrió una de las tasas de mortalidad más altas, superior al 10 por mil.

Entre agosto de 1918 y abril de 1919, se murieron 144,9 personas por cada 10.000 habitantes en la provincia a causa de la gripe. Lo dice el primer estudio por provincias de la influencia de la peste que se publicó en 2014 en la revista BMC Infectious Diseases.


"Hace temblar a las gentes"


Los curas del rural se convirtieron en los cronistas de la época, dando cuenta de los caídos por la gripe, tal y como señala el psiquiatra e historiador ourensano David Simón en sus artículos. "La gripe ha adquirido cédula de vecindad en esta parroquia, con sus hermanas pulmonía, neumonía y ataques cerebrales, y sin médicos, porque los de la villa no vienen. Hay hoy en esta 130 atacados. En cuatro días hubo cinco defunciones. No se tocan las campanas a muerto para no poner en alarma a los que están graves. A todas horas me llaman los enfermos. Esto es la mano de Dios que nos visita y hace temblar a las gentes del mundo", escribe el 23 de octubre Ramón Fernández, párroco de Camporredondo (Ribadavia).


Los trenes no paraban


En sus memorias, Manuel Meruéndano, ex alcalde de Ribadavia fallecido en 1984 y superviviente de la gripe de 1918, recuerda que en la villa no querían ni parar los trenes. La vida se detuvo en la provincia. Se clausuraron escuelas, el correo y los telegramas no llegaban a su destino porque los carteros caían enfermos y, la medicina, como dice David Simón, "se enfrentó a uno de los desafíos más graves del primer tercio del siglo XX".


Prohibido el culto a la muerte


La magnitud de la gripe aniquiló las costumbres. El temor al contagio fue superior al culto a la muerte al que Galicia se rinde como ninguna otra tierra. "Los vecinos de Nogueira de Ramuín se niegan a enterrar a un vecino por miedo al contagio, y el alcalde teme que esto vuelva a ocurrir", dice una crónica del 22 de octubre de 1918. El gobernador civil prohibió la visita a los cementerios el día de difuntos y a las casas donde se produjeran defunciones. En otras villas, tampoco hicieron sonar las campanas "para no asustar". La gripe mató hasta a la muerte.