OURENS NO TEMPO

Aquellas mañanas de domingo

A simple vista, únicamente esa hermosa colección de vehículos vintage modifican la vista actual. Sin embargo, con una mirada más atenta descubriremos que aún estaba en pie el viejo edificio de los almacenes Celso Ferro

Fotografía de Augusto Pacheco, año 1971. Conservada por el Museo Etnolóxico de Ribadavia.
Fotografía de Augusto Pacheco, año 1971. Conservada por el Museo Etnolóxico de Ribadavia.
Aquellas mañanas de domingo

A simple vista, únicamente esa hermosa colección de vehículos vintage modifican la vista actual. Sin embargo, con una mirada más atenta descubriremos que aún estaba en pie el viejo edificio que albergaba los almacenes de Celso Ferro, y unos cuantos carteles de negocios que a más de uno le despertaran sus recuerdos. La Academia Pereira Padilla muestra uno de los locales que ocupaba en la ciudad Hissigar, la camisería por excelencia de los años sesenta, Almacenes Quelle; el inolvidable para los niños de mi generación Bazar Puga, en el que aún retumban aquellas risas y llantos (que de todo había) cuando entregábamos nuestras cartas a los Reyes Magos. Sin olvidar La Reconquista, aquella boutique que vino a ocupar el local de Pepe Chao. Realmente, los edificios poco han cambiado, pero el resto...

Este fue otro de “mis dominios” de infancia y juventud, y cuando veo estas fotos, se vienen a mi mente multitud de recuerdos. Aunque destacan sobre los demás, el de los Reyes Magos y el de las mañanas de domingo de aquellos años setenta.

Después de remolonear en la cama todo lo posible, te bañabas y vestías las mejores galas para, armado de tu mazo de cromos repes y mucha paciencia, acudir a la reunión de coleccionistas en la Viuda de Lisardo (con el tiempo la reunión paso de ser en esa esquina del Padre Feijoo, a la esquina de la Praza Maior con la avenida de Pontevedra, pasando también un tiempo por los jardinillos del Bispo Cesáreo.)

Por tradición familiar, por imposición maternal o por interés pecuniario (la salida de misa era un momento propicio para recolectar un complemento de la paga semanal entre abuelos, tías e incluso algún buen amigo de la familia), los domingos, catequesis. A las once y media más o menos empezábamos a congregarnos la misma pandilla que habitualmente jugábamos al fútbol en As Burgas, a “polis y cacos” en la Alameda o a “Huevo, pico, araña” en el atrio de la catedral; o lo que es lo mismo: un grupo de “angelitos” que acabamos con la paciencia de don Luis y don José. (Estoy seguro que don Luis Rodríguez Portugal se metió en el jaleo de construir la torre que hoy tiene la fachada, pensando que si había sobrevivido a nuestro paso, cualquier otra misión sería coser y cantar.)

A modo de ejemplo solo os diré que mis amigos y yo conocimos todos los entresijos arquitectónicos del edificio, desde el sótano al campanario, y que en más de una ocasión tuvimos que pasar la tarde del sábado castigados en la sacristía, leyendo el catecismo.

La misa se celebraba a las doce y media, terminando sobre la una y veinte, momento en el que domingo tras domingo se producía un atasco de coches delante de la iglesia. (Lamas Carvajal era una de las vías de salida de la Praza Maior hacia el Paseo y la calle de la Cruz Roja; por cierto, si no recuerdo mal estas eran de doble sentido de circulación.) El caso es que teníamos la “inteligente” costumbre de forzar uno o varios atropellos al salir de misa. El truco consistía en que, dada la estrechez de la calle y la aglomeración de gente, los coches pasaban despacio, momento en el que nosotros con cuidado metíamos un pie justo debajo de la rueda; aunque el pie de un infante de once o doce años no era muy grande, sí lo suficiente para que el coche diera un bote y el conductor se detuviera a comprobar que ocurría, llegando en ocasiones a bajar del coche preocupado.

La diversión remataba cuando la familia ya había terminado sus “pesadas” conversaciones con los amigos y nos reclamaba para que los acompañáramos a casa. De camino, parada obligada en La Viuda para comprar el “chiste” (que así llamábamos a los tebeos, daba igual que fueran del Capitán Trueno, el Pulgarcito, o del Capitán América), y casi siempre el momento más dulce de la semana, La visita a la confitería La Trinidad. ¡Humm! ¡Qué recuerdos!

Ya seguiré otro día hoy me acabo de acordar de que El Olivar a estas horas saca los milhojas del obrador…