UN LUGAR DIFERENTE
El manual de longevidad de los centenarios ourensanos
Los principales hechos ocurridos tal día como hoy en Ourense, con la hemeroteca del periódico La Región. Consúltalos en "Historia en 4 tiempos".
Mucho va del Orense de aún hace treinta años a éste de unos pocos para acá. Todo aquello era otra cosa, si no en todo, lo que no podría ser, en muchas cosas sí. Tanto, que entonces daban, por ejemplo, más cacahuetes por una perra chica que hoy, sin exagera, por un duro, y en casa de mis padres éramos a la mesa trece y comíamos menos en dinero que hoy cualquiera de mis muchos chicos.
Había un círculo conservador con una docena de sillas maltrechas y un brasero al que tenía que avivar cada quisque para calentarse un poco los pies con un periódico doblado, y del círculo liberal podría decirse lo mismo.
Para fundar “El Diario de Orense” los quince o veinte diputados provinciales y concejales conservadores concertaron aprontar cada uno cinco duros. En “El Miño”, diario liberal, el director y los dos redactores de plantilla cobraban en junto 25 duros en cuartos de sardinas; y si algunos recuerdan allí el clásico brasero de hierro, otros también, por otros tiempos, lo que de tal hacía, un cuarto de olla rota, que sólo se llevaba al horno por carbón cuando ya no quedaban papeles para quemar en ella.
En el “Liceo” no había más que una estufa, a cuyo alrededor se ponían los que primero llegaban, con las piernas muy estiradas hasta ella, el gabán puesto y muy enfundados; y los que llegaban después se ponían a pasear a grandes pasos en espera de que alguno de la estufa se levantase para irse y les dejase el sitio.
La calle del “Paseo” era un barrizal en que se enterraba uno. En ella se levantaba el cine “Pinacho” y un poco más allá el cine “Barbagelata”, de madera mal ensamblada y con tal techo, que llovía y la gente se ponía en pie y abría los paraguas y seguía viendo la película como si tal cosa; y era tal la familiaridad de aquel Orense, que entraban a veces al patio de sillas las criadas para preguntar a veces a las señoras que iban a poner de cena.
En el “Barbagelata”, al final de la película, estuvieron durante unos años levantando el telón para dejar ver a un viejo león que hacía las últimas apenas podía tenerse sobre las patas, y al que había que azuzar un poco para arrancarle los tres o cuatro ronquidos con que nos echaban a la calle.
Las criadas entraban en una casa y sólo salían de ella para casarse o con la mortaja. A veces eran más los pisos con papeles que los sin ellos. Había ciudad para poco más de medio periódico diario, y lo ordinario era que hubiese tres, aunque a veces hubo cuatro, y una cinco. Las criadas de la única casa de baños que aquí hubo hasta el año 30 decían de cualquier chica que venía allí a bañarse: “Esta se casa mañana”.
El sábado de Gloria y el jueves de la Ascensión y el de Corpus volteaban las campanas todas de la ciudad cosa de una hora seguida, y también durante la primera hora matinal se oía la inolvidable de la prima. Y el inovidable “tarántulo”… Ahora apenas se oyen las campanas. Es una pena. Pero la ciudad está llena de ruidos tan horrísonos como innecesarios.
Las muchachas sólo salían de paseos cuatro o cinco días grandes del año y nunca solas, sino con sus papás o algún hermano. Y las que tenían novio sólo podían hablar con él desde el balcón por señas, o sin verse, por medio de billetitos por la criada; o alguno de esos días grandes, juntos, aunque nada pegaditos, y seguidos a corta distancia por los papás o a su lado la hermana, el hermano o la señora amiga y de confianza que los autorizase…
(Artículo publicado en La Región de 1948)
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