Ourense, tradición festiva

OURENSE NO TEMPO

En la ciudad nadie olvida aquellas fiestas del San Lázaro, donde rosquillas, melindres y avellanas competían por los estómagos de los ourensanos.

El verano es tiempo de fiestas y, aunque llevamos un tiempo de sequía, no por ello podemos permitir que desaparezcan. Desafortunadamente, algunas han ido “cayendo” a lo largo de los años, otras han sufrido transformaciones; algunas persisten gracias a la decisión de la gente, sin apoyo de autoridades, pero todas merecen figurar en el recuerdo. Hoy intentaré recuperar todas las que han ido apareciendo en mis lecturas de viejos papeles. Ya advierto que son muchas las que faltan y estoy dispuesto a retomar el tema si me hacéis llegar fotos, datos y comentarios (las Candelas, Carnavales, San José, Semana Santa…).

En la ciudad nadie olvida aquellas fiestas del San Lázaro, donde rosquillas, melindres y avellanas competían por los estómagos de los ourensanos. El Santo es el “responsable” de que no se pierda la tradición de la quema de madamitas (y marrecos, mecos), costumbre de fiestas y romerías gallegas (el San Roque de Pontevedra era uno de los festejos con quema de madamitas, y en Ourense, los Remedios, incluso las fiestas del Corpus contaban con ese espectáculo, 1911)). Una de las teorías más fiable asocia esta tradición a los métodos “purificadores” de la Santa Inquisición: quema de judíos.

En mi archivo no es difícil encontrar fotos de estos días de diversión. Los añorados hermanos Gallego (Olga, Luis...) eran habituales del Miño, y allí compartían risas y cantos con mi amiga Mariluz y su familia. Seguro que intercambiaban la prueba de aquellas deliciosas empanadas que mas parecían mesas camillas por el tamaño; en Ourense, la comida siempre “a fartar”

La pascuilla del Polvorín (domingo siguiente al de Resurrección), “reino de domésticas” que no habían podido lucir galas en Ramos y Lázaro, competía con el cercano pueblo de Mugares en contratar las mejores bandas: Moreiras, Sobrado, Ribadavia...

Los mayos

Los mayos (día 3 de mayo) con sus coplas, el día de la Santa Cruz, permiten críticas veladas y “desveladas” a los gobernantes. La perdida fiesta de San Antonio (13 de junio), que se celebraba delante de la antigua capilla de San Francisco (en su primera ubicación, al lado del Cuartel), donde la autoridad militar, cuando se le solicitaba y era posible, cedía el campo de Aragón para alojar al gran numero de romeros que buscando en aquellas “alturas” un poco de fresco y acostumbraban a cenar a la luz de los farolillos.

De las fiestas de santos, la de San Antonio es la que más literatura mantiene. Aún son muchos los que recuerdan el relato de la mano momificada que se conserva en la capilla de los Franciscanos. Cuentan que una mañana del día de San Antonio, una lavandera de las que acudían a lavar y clarear ropa blanca en el entorno de la Burga desoyó los consejos de sus compañeras y, en lugar de acudir a honrar al Santo, con las habituales azucenas, “fuese a lavar, y al meter su mano pecadora en las aguas calientes, hirvieron con gran fuerza, y la diestra abrasada desprendiósele del brazo y cayó en el tanque; después se encontró en el fondo rígida y negra, como si no fuese de carne de cristiano, y engurruñada como la de un paralítico” (Eugenio López Aydillo, 1908).

Las Fiestas del Corpus, compitieron de siempre con San Roque, por ser la fiesta grande en la ciudad. La autoridad eclesiástica y la civil se unían para darle esplendor; los balcones se engalanaban, las calles se adornaban con alfombras floreadas y todo tipo de ramas olorosas hacían que la ciudad pareciera un jardín florido. Al margen del día principal, poco a poco se fueron añadiendo días y festejos. Orfeones y corales reclamaban la presencia de los ourensanos en la calle, y gaiteiros y charangas los acompañaban a los toros, a las verbenas, a la batalla de flores, al fútbol y, durante un periodo largo de tiempo, visita obligada del Circo Feijóo. Eran días de diversión y alegría para olvidar las penas, otros días habría para ello.

Verano

Pocos días después, el 28 de junio, en la plaza del Corregidor, la Ramallosa. La plaza se adornaba de ramas verdes y farolillos de colores (que hacían los organizadores, dos industriales zapateros de la zona). Y un palco donde bailaban los populares Martin Peixeiro y la Chufa, y otros años la Ramona y el Pica gris, con su acordeón.

En la Burga y el entorno de la Trinidad (calle Padre Feijoo y plaza de Saco y Arce) se celebraba la Virgen del Carmen (16 de julio), siempre bajo un sofocante calor, responsable que la mayor afluencia de público fuera en horas nocturnas coincidiendo con el baile. Falta documentarlo, pero la procedencia de la imagen de la Virgen de la ermita del Posío hace pensar que el lugar de las celebraciones se trasladó con ella.

En la otra instantánea, el amigo Uruburu con unos compañeros en los Mayos.

El Glorioso San Roque (16 de agosto) al que los ourensanos acudían en demanda de sus milagrosas curaciones, cuando no de lluvias para paliar las habituales sequías, fue la fiesta mayor de la ciudad en tiempos. Para ello se reservaba la Alameda del Concejo y era el día de lanzar cohetes y fuegos voladores. El principal problema para su celebración eran las temperaturas que la ciudad padece y padecía en tales fechas; sin embargo, el fervor que los ourensanos tenían por el santo desde el siglo XVII hacía complicado despojarle de las fiestas mayores. Al final, se comprometió la Corporación en pleno a agasajar al santo de por vida, con una procesión y misa en su honor.

En tiempos, el hospital de la ciudad (en la Alameda) estaba bajo su protección, y es patrón oficioso de la Policía Local. Mención aparte merece la anécdota de don Xan da Coba y la figura de San Roque con su perro fabricado con un nabo...

Procesión de San Roque 1928. (Foto José Pacheco.)

El 8 de septiembre, Virgen de los Remedios, dieta de pulpo y carne “ó caldeiro” al lado de “nosa ponte”. Era otro de los días señalados del calendario, hoy perfectamente integrada en la ciudad, pero antiguamente eso eran las afueras. Los romeros acudían a la capilla en grupos y allí, con la organización de los propietarios de la capilla, había actividades todo el día. A las misas le acompañaban buenas viandas y mucha música. Terminaba el día con la quema de fuegos.

La plaza de San Cosme también tenía su fiesta (27 de septiembre), para agasajar a San Cosme y San Damián (que siempre se olvida). Nos cuentan que a mediados del siglo XIX, el abandono de la capilla y la desidia dejaron caer en el olvido la fiesta, hasta que, comenzando el siglo XX, un personaje muy popular en el barrio alto de la ciudad tomó a su cargo la organización de esta fiesta y la de San Antonio en la iglesia de San Francisco. Era conocido como el Tío Paulino, mayordomo perpetuo (Paulino Pérez). Él se encargaba de la recaudación entre los vecinos. Domingos y festivos paseaba las calles en compañía de gaiteiros, unos gallos, un carnero y una ternera para sortear; esta última era solo de gancho. Con lo recaudado encargaba al párroco de la Trinidad una misa por los santos y contrataba una banda que ambientara las verbenas, llegando a conseguir hasta dos días de fiesta. A pesar de que el tiempo nunca acompañaba, la fiesta se alargaba hasta bien entrada la niebla, que no la noche... cuentan que muchos años se ahorraba los fuegos voladores, ¿para qué? si muchas veces la niebla no dejaba ver si bailabas con tu pareja o con la del vecino, ¡qué despistados eran nuestros abuelos!

Bar Gomez Romeria en San Amaro 1945.

San Martin (11 de noviembre), el patrono, siempre tuvo a los ourensanos pendientes del tiempo: si el día está seco, todos los montes que rodean a la ciudad se llenan de hogueras y humo, con aroma de castañas y chorizos, que se bajan empujando con vino nuevo.

El entorno de la ciudad también tenía sus fiestas, que de aquellas el tránsito era complicado y todo el mundo deseaba diversión cerca de casa, además de poder agasajar a familia y amigos.

En Oira, San Amaro aún resiste a los cambios de costumbres. Quizás ya no tenga sentido su sobrenombre de “fiesta de las costureiriñas” (parece ser que, si el tiempo acompañaba, ese día todos los talleres de costura, que en la ciudad no eran pocos, quedaban solo con el maestro).

Las barcas el día de Santiago. Foto del blog www.canedo.eu, de Manuel Domínguez Quiroga.

San Antonio, las Candelas y San Blas, en Cudeiro, donde era costumbre probar los lacones, cosa que el amigo Amador aún sigue haciendo, aunque para él es fiesta todo el año, y todos los días te ofrece ese manjar ¡hum!

Santa Águeda, en Seixalvo, para robar las primeras avellanas. L Follateira en la Rabaza. Santa Eufemia en Mariñamansa. San Juan en Barbadás. San Pedro en Moreiras. San Benito, con su tangaraño. La Virgen de las Nieves y San Lorenzo en los altos de Piñor. La Virgen de Reza. Sagrada familia en la Lonia. Santa Marta de Velle. A Merteira en Castadón. Santa Lucía en Rairo. Fiestas éstas a las que los jóvenes si podían se acercaban en aquellos típicos autobuses “de ferias y mercados”, pero el regreso se hacía a pie, en grupo, cantando y en algunos casos aprovechando para poner el brazo por encima del hombro o dar la primera mano a la reciente relación.

Las Madamitas en los Remedios. Foto del Archivo Ben Cho Shey Diputación Provincial de Ourense.

Santiago y Santa Ana merecen mención aparte. Desde el entonces vecino Canedo, hoy totalmente integrado en la ciudad, invitaban a todo el mundo a pasar un día fantástico. El menú, sencillo pero... empanada de anguilas y tortilla regadas con buen ribeiro y cerveza con gaseosa; para los niños, la cerveza sola, aunque a veces se equivocaban y después al pasar la barca alguno caía al agua (¡ya me confundí!: para los niños la gaseosa sola…).

Perdón por las omisiones, que sin duda las ahí, pero como dije al comenzar, me harían falta fotos para motivarme... Felices y fiestas y buen verano.

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