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Entrevista
La licenciada en Arte Antiguo y Medieval Ana María Malingre ofrece el lunes, a las 18,30 horas, en el salón de la Confederación Empresarial de Ourense, la conferencia "La Fundación Malingre: un emprendedor belga en Ourense", organizada por la Asociación de Empresarias y Profesionales de Ourense, en el centenario de la muerte del empresario.
¿Quién era su tatarabuelo?
El abuelo de mi abuelo, Arturo Malingre, nació en Souvrait, provincia de Charleroi (Bélgica), en 1834. Llegó a Ourense en torno a 1864 con la intención de montar una fundición de hierro, una industria que en aquellos años era puntera en España; los españoles sabían de forja, pero no de fundir hierro con fines industriales. Era como si hoy decimos que viene un japonés a montar una fábrica de grafeno, ese material de última generación para móviles.
¿Y por qué escogió Ourense?
Es tan sólo una hipótesis, pero creo que la razón fue que en aquellos años estaba en previsión la construcción de la línea que unía Ourense con la Meseta, aunque después se retrasaría esta iniciativa hasta principios del siglo XX. El caso es que había proyectos y, aunque no puedo probarlo, intuyo que vino con la intención de aprovechar esa gran obra, porque las vías del tren llevan mucho material de fundición (clavos, escarpias, etcétera) y aquí no había con qué hacer eso.
¿Qué significó para Ourense?
Estuvo nada menos que 113 años, en tres ubicaciones diferentes. Su primera matrícula industrial fue en Reza, no sé si la calle o el pueblo; después se trasladó a lo que es el actual Parque de San Lázaro, el antiguo Campo de la Feria, en la esquina con Bedoya, para terminar en el barrio de O Couto, que en 1896 era las afueras de Ourense. De la importancia que tuvo esta industria da buena muestra que en 1911 daba empleo a 100 trabajadores; tenía hasta comedor. Era la empresa de Ourense.
¿Y qué dejó en la ciudad?
Sus huellas se pueden ver por todo Ourense, las estatuas de Lamas Carvajal, Prado Lameiro o Vicente Risco del Posío eran de la Fundición Malingre. Además, fabricó las primeras cocinas de hierro o económicas, que alguna todavía la he visto en Asturias, y con ellas las primeras calefacciones, a base de radiadores que trasladaban el calor de esas cocinas a toda la casa. También muchas barandillas de las casas antiguas de la ciudad. Y para el campo fue una revolución, ya que impulsó su mecanización con la fabricación de las prensas para el vino, las estrujadoras, las sierras de los aserraderos o las piezas para los molinos harineros.
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