Viaje a las entrañas del maltratado río Barbaña, o lo que queda de él

Reportaje

El proyecto para sanearlo encadena retrasos, los alcaldes piden celeridad y se agrupan y aguas arriba del polígono el cauce va seco entre televisores, bidones de aceite, restos de botellón y agua estancada burbujeante de dudoso color

Viaje a las entrañas del maltratado río Barbaña

Nace en Paderne y atraviesa Taboadela y San Cibrao, donde los vertidos industriales, pero también de incívicos particulares -como demuestra la calidad aguas arriba de la zona empresarial- crean en él un ecosistema único (por nocivo) en el área metropolitana. Se trata del río Barbaña, de 22,5 kilómetros de longitud hasta desembocar en el Miño y que sigue pendiente desde hace años de un saneamiento integral que no acaba de llegar. Cadenas de retrasos y errores en el proyecto han condenado al ostracismo al proyecto, que ahora está en manos de la Dirección General del Agua del Gobierno de España para realizar una evaluación ambiental más compleja, ya que la inicial que se había acometido no resultaba suficiente.

Hartazgo por la parálisis

Esta pasada semana, los regidores de Pereiro, Luis Menor, y San Cibrao, Manuel Pedro Fernández, se unían al presidente de la Diputación, Manuel Baltar, para pedir al Gobierno que “axilice este proxecto”, que sigue “paralizado”. Lo hicieron al tiempo que decidían poner en marcha un consorcio para gestionar la depuración de aguas en las áreas empresariales, que acaban desembocando en el Barbaña y siempre tienen a San Cibrao como responsable de lo que sucede, que no es otra cosa que una depuradora incapaz de absorberlo todo.

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Los afluentes, en el punto de mira

Pero el Barbaña está muerto ya mucho antes. Lo saben los agentes que custodian esta zona. “Entre Taboadela y San Cibrao hay puntos de vertido constante”, confiesa uno de ellos desde el anonimato, bastante antes de la zona empresarial. No solo en el río, sino también en sus afluentes. Esta pasada semana, precisamente, un vertido dejaba las aguas de color azul con manchas de aceite, en un afluente, O Regueiro. Días después, los técnicos de la Diputación constataban que una empresa había sido la responsable.

Un pequeño paseo un poco más atrás, por el río Mesón de Calvos y Taboadela, cuyas reservas acabarán desembocando, el día que corra de nuevo el río, en el Barbaña, permite descubrir también puntos de vertido constantes. Un caño del que brota agua azul unos metros más abajo de la N-525 en Mesón de Calvos deja un olor insoportable en el cauce, llegando a provocar arcadas en el estómago al fotógrafo que intenta pasear entre sus aguas. Un poco más adelante, se junta con el regato Taboadela, donde también hay puntos de vertido ilegal constatados por los agentes que conocen el terreno.

Todo eso deja un caldo de cultivo de agua estancada en grandes ‘fochancas’ donde las sustancias químicas se cuecen a casi 40 grados. “Acabará bajando en otoño, cuando vuelva el curso del río a su normalidad, y eso es lo que nos preocupa”, dicen uno de los agentes consultados. Sottovoce, todo el mundo sabe más o menos dónde se vierte, pero el oscurantismo permanece: el organismo de cuenca se niega a dar los nombres de los infractores. Mientras, las culpas van siempre dirección Concello de San Cibrao. Su alcalde, Manuel Pedro Fernández, se rebelaba hace unos días al trascender que su ayuntamiento tendrá que pagar 1,2 millones de euros en multas. “Ou paramos toda a actividade industrial do polígono ou non hai outra solución. É unha persecución ao Concello de San Cibrao e á Deputación. Non estou disposto a pagar estas sancións porque dentro de seis meses imos estar igual. Non temos unha varita máxica para paralizalos”, se lamentaba.

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Basura en un río seco

Falta una varita mágica, pero, sobre todo, conciencia. Una vez detectados vertidos tanto en Mesón de Calvos como en el río Taboadela, siguiendo unos kilómetros más adelante, se llega a Castroverde, ya en San Cibrao, donde se puede acceder al cauce del Barbaña, por un paseo donde se aprecia un antiguo molino y donde el camino, denominado ruta da Boutureira, luce totalmente desbrozado.

El problema está en el río, que encadena tramos secos con otros por los que aparece una nauseabunda agua verdosa que burbujea a más de 35 grados. En ella acabarán flotando cervezas, bidones de aceite usados, botellas de alcohol, neveras y se repiten. A ambos lados, si se transita por el cauce, se observan neveras tiradas entre la maleza, un bidón de aceite, una vieja televisión escacharrada, botellas, más botellas y un olor aceitoso en algunos (pocos) tramos con agua estancada, en el que cuesta pensar que haya vida. Todo esto, antes de llegar a la zona industrial, donde, en teoría, llega lo peor. “Todo esto acabará en la ciudad, aguas abajo”, insisten.

La depuradora no da más de sí, y las administraciones no parecen tener la más mínima intención de acelerar un proceso de saneamiento integral de un río que pide ayuda a gritos.

Mientras, el Ministerio de Transición Ecológica tiene en exposición pública el Plan Hidrológico de la cuenca para el periodo 2022-2027 donde sitúa de “riesgo alto” el estado de sus aguas, le concede un suspenso absoluto al estado general, le da nota “deficiente” a su estado ecológico y concede una “alerta roja” a la presencia de sustancias químicas. Pero parece que eso no es suficiente.

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