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Diego Peraita tiene 29 años y lleva dos años en su trabajo, el último con un contrato indefinido (a media jornada), pero durante los primeros meses encadenó varios contratos temporales. La precariedad laboral para él se traduce en que es “completamente inviable” poder irse a vivir con su pareja, que también trabaja. “Tal y como estamos, se te va la mitad del sueldo en gasolina y si te metes en un alquiler, olvídate de comer, porque no llega”, explica.
Se compara con la generación de sus padres y siente “envidia en el buen sentido”, ya que ellos ya estaban independizados antes de los treinta e incluso tenían un hijo, algo “imposible” para él. Además, la situación es tan complicada que ni siquiera podría vivir en un piso compartido por 4 personas, aunque reconoce que “lo que me gustaría es mudarme solamente con mi pareja”.
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