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El 52% de los contribuyentes de Vilariño de Conso presentan rentas inferiores a 6.000 euros anuales, según la última declaración del IRPF. Es el mayor porcentaje de la provincia en este rango. Podría resultar ser una auténtica miseria, pero en la localidad no se vive así.
Una tarde cualquiera comprobamos que la plaza de la capitalidad está vacía, tan solo un par de mujeres cruzan con algo de compra provenientes del único supermercado del municipio. El bar cierra los martes por descanso del personal haciendo que el silencio se adueñe aún más de sus empedradas calles en donde tan solo el ruido de la maquinaria reina en el ambiente. La mañana es el momento del día con mayor movimiento, cuando los vecinos se acercan a la única panadería del pueblo, a visitar al médico o a hacer la compra. También acuden al banco si es lunes o miércoles, únicos días en que la entidad permanece abierta. La media de edad es elevada, el 60% supera los 65 años y el campo es el gran sustento en el territorio. Lo que sus habitantes desconocen es que en la estadística de la Agencia Tributaria figura como el municipio ourensano más pobre.
Su alcaldesa, Melisa Macía, se sorprende de la cifra explicando que “este é dos concellos máis ricos de Galicia con arredor de 1,5 millóns de euros de presuposto. Sorprende ver a outra cara, pero certo é que unha gran porcentaxe é xente maior con pagas agrarias pequenas”. Macía se refiere al canon de la producción hidroeléctrica, que engorda las arcas municipales hasta convertirlo en el concello que más invierte por vecino de Ourense y el segundo de Galicia tras Muras (Lugo). La alcaldesa manifiesta que el concello ayuda a los vecinos “con servizos sociais, axudas no afogar, bono alquiler para as vivendas e ata unha liña de rehabilitación para que podan arranxar as súas casas de toda a vida”. “Temos demandantes afectados polas subas da luz e estamos abertos a varias iniciativas para intentar mellorar a súa calidade”, señala la regidora, quien añade que “o gasto en servizos sociais é o máis alto dos que hai no concello, contando con máis de 700 horas mensuais en axuda a domicilio ou o programa Xantar na casa”.
El concello cuenta con 15 pueblos distribuidos en 12 parroquias. Vecinos consultados confirman que el hecho de poder contar con viviendas propias supone “un respiro”, a lo que suman los productos que cultivan en la huerta. Isabel Tejero, de 54 años, percibe una renta muy baja. Hace unos meses que llegó a Vilariño con su madre y su hija de 14 años. Esta familia vive en una casa alquilada en la capital del municipio. Ella, que trabaja de acompañante en el transporte escolar, expresa que “aquí la vida es tranquila, yo no noto pobreza en la gente, y es más fácil llegar a fin de mes, los alquileres son más bajos. Además, hasta te puedes permitir salir a tomar un café. He vivido en ciudades y era bastante más difícil sobrevivir”. La nueva vecina llega a esta pequeña localidad desde Ferrol: “Esto es más humano, los vecinos te ofrecen sus productos de la huerta, eso es una gran ayuda también”.
“VOUME ARRANXANDO”
Varios foráneos llegaron al municipio en los últimos años pensando en asentarse y vivir del campo, abriendo explotaciones ganaderas. Con 525 habitantes, estos días las castañas empiezan a caer de los árboles y los sotos se pueblan de vecinos recogiéndolas para llenar los sacos con los preciados “bullotes”, como ellos llaman al fruto. Esto les permite conseguir un buen extra en sus ingresos.
La dispersión y las comunicaciones también juegan su papel. Muchos dependen del taxi para desplazarse a las revisiones médicas y eso hace tambalear su ecuación para acabar el mes sin números rojos. Nicomedes Arias, de 89 años, vive solo en su casa de Soutogrande, una pequeña aldea de 15 vecinos en donde todos se conocen y ayudan. “Eu ca niña paguiña voume arranxando”, explica un sonriente Nicomedes, pero añade: “Se teño que ir ao médico a Verín vou en taxi, ou cun veciño que me leve, pero algo teño que lle dar”. Este vecino apenas le da importancia a la paga, lo que le afecta es la soledad que se cierne tras la puerta de su casa cuando la cierra cada noche. “Poño algo de horta e xa teño un saquiño de castañas, aínda que moito non podo. Non teño moitos problemas, voume arranxando co que cobro, pero estar só na casa enfádame”, dice el anciano. “A casa é miña, fun arranxándoa aos poucos, teño calefacción”, explica Arias mientras camina con un tronco de leña que corta él todavía.
Teresa Páez, de 68 años y Francisco González, de 72, viven a caballo entre Vilariño y O Barco, en donde tienen otra vivienda. “Nós cobramos os dous e aínda que sexan pequenas, son dúas, hai quen por desgraza vive peor”, explica Teresa, quien revela que aún así es complicado ahorrar. “Ter unhas patacas, unhas berzas ou unhas galiñas son de moita axuda. Todo subiu, pero aquí afórrase máis, gástase menos en roupa ou en vicios, xa que non hai onde. Con que haxa saúde xa nos chega”, concluye la mujer.
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