ACCIDENTE DE TRÁFICO
Destroza la parte delantera del coche al salirse de la A-52 en Ourense
LA NUEVA OURENSANÍA
Evoca Andrea Estefanía Castro García (Caracas, 1997) veranos en Negreira sentada en un camión de paja, con los mayores dando de comer a los animales, mientras entonaban un “amodiño”, a las crianzas. “Una vez me hice daño en la nariz, y se me quedó la frase”, comenta. Sus abuelos, hoy ya en Santiago, se fueron en los setenta e hicieron patrimonio en el sector de la construcción en Venezuela, donde la criaron a ella y a uno de sus hermanos. “Hicieron el centro comercial Capitolio y el Santa Fe”, entre otros inmuebles importantes, comenta la nieta. Pese a su vida acomodada nunca olvidaron sus raíces, comenta Fanny, así es como ellos la llaman. “En casa hablaban gallego, y el servicio doméstico se sentaba con nosotros a la mesa”, apunta.
Hoy trabaja en los pasillos de un supermercado, de vuelta a la terriña meiga. “No me vengan con mariqueras”, piensa a veces cuando le hablan de desgracias menores, se siente afortunada de estar viva, con trabajo y su familia cerca. “Mi vida aquí es maravillosa, tengo mi bebé, estoy conciliando y quiero estudiar”, comenta.
Recaló aquí tras un período en Santiago, siguiendo a su hermano que en ese momento por aquí andaba. “Vine con mi marido, ya casada”, explica. Deja San Bernardino, una parroquia en la capital venezolana cuando la cosa empieza a ponerse muy turbia con los maleantes que amenazaban. “Primero secuestraron a mi tía se la llevaron todo un mes de diciembre”, revela. Nos cuenta Andrea que tienen una casa familiar en la playa, en Río Chico, estado Miranda, y que entraron a por su abuela, pero no estando ella, se llevaron a la hermana de su madre. “Escribió cartas”, dice sobre su cautiverio en el monte a manos de una guerrilla colombiana, relatos sobre hipotéticos escenarios tras su muerte que leyeron juntos cuando la devolvieron. “Fue desgarrador”, confiesa. “El dinero lo entregamos en una carretera a ocho horas de Caracas, en efectivo, unos 500 mil euros”, revela. “El embajador de España en Venezuela fue a nuestra casa”, explica que hubo que llamar a instancias mayores porque “la policía también estaba mojada”. “Recuerdo que llenábamos armarios de dinero, los ahorros de toda una vida y pidiendo prestado”, evoca Andrea. Siempre con la incógnita de si volverían a verla “porque también se estilaba eso, que no te devolvían a la persona o te la daban picada”. Un escalofrío recorre el cuerpo de las oyentes y no es por el orballo de la primera mañana. Aquí está una joven, alegre, serena, hablando en A Cuña de un final a pedazos, a pocas horas de rellenar los estantes de los embuchados.
“La mía fue más breve”, puntualiza. Iba Fanny a por su móvil, olvidado en el coche, en el centro de Caracas, pasa un chico a robarle, y al ver que no tenía nada, se la lleva con él secuestrada. “Eran las diez de la noche, me montó en una moto y me condujo a unas ruinas, un sitio que se llama Tacagua”, revela. Estuvo Andrea tres días sin dormir por miedo a ser violada. “Pensé que no salía porque me llevaban para el monte, yo descalza, me secuestró un hombre, pero también venían mujeres de la pequeña organización en la que estaba”, explica. “En ese momento tenía la menstruación, yo le inventé una historia para que no me hiciera nada”, confiesa. Fue su salvación para no ser víctima también de una agresión sexual, algo que según ella suele ir en el combo, que a veces ni se considera delito aparte.
Tiene Andrea unos ovarios como mangos, pues se dedica a diseccionar durante el cautiverio lo que le está pasando, mientras su abuelo se tira de los pelos, y la abuela reza en un altar que tenía en la casa.
“Después de lo de mi tía, nos enseñaron cómo afrontar una situación similar”, explica, por eso en su dramática experiencia se quedó con todo, matrícula, carreteras, voz, e incluso el nombre de quién la secuestraba. “Creo que era la primera vez que lo hacía”, opina Estefanía, que le oyó hablar por teléfono con un funcionario de la policía para preguntar por sus bienes y apellidos. “El chamo se echó para atrás y me dejó donde me raptó”, concluye la pesadilla, empieza el recuerdo. “Gracias a esa llamada pudieron llegar al último funcionario que accedió a mis datos, lo suspendieron, y por él, llegaron al que me secuestró”, añade. No acaba ahí la historia porque tuvo Andrea que ir a reconocer a su apresor que fue batido en resistencia. “Tenía treinta años, hijos, familia… como todos”, ahora sí Estefanía remata.
“Pensaron que me había ido con un novio”, dice a toro pasado sobre el inicio de las pesquisas, “al haber renunciado el delincuente al dinero, me toca ir hasta la morgue y al lugar donde fui secuestrada”. Cuenta Andrea que un depósito de cadáveres en Venezuela es una imagen horrible “de seres apilados, cuerpos necrosados en el suelo, en camillas o con balas…”. Un olor que se queda dentro, y que no hay tiempo que la memoria borre.
“Me engordaron, me cambiaron el color del cabello…”, explica que quedó un miedo en la familia a que volvieran a por ella otros de la banda. Se cansó Fanny de vestirse como Mortadelo y dijo “me voy a Galicia”, y de todos los allegados fue tirando. “Actitud, lo malo ya pasó, aprendamos y para adelante”, expresa.
Llega la sección de las ‘mariqueras’ después de haber de todo esto hablado, y a ver ahora cómo cambiamos de tercio y le preguntamos a Andrea Estefanía por Juan Pardo. “Me encanta, yo crecí en eso, con mis abuelos… el hombre del norte, que cantamos en diciembre”, confiesa. Dice Fanny que “tiene mala boca”, porque no come ni cerdo ni pescado, pero no para soplar porque confiesa haber ido un tiempo a clase de gaita, y ser cervecera, de estrella polar.
“¡Naguará!”, expresa con asombro una joven madre en venezolano con cualquier emoción. Que sirva el término para resumir una breve vida, de una intensidad superior.
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