PERSONAJES DE LA EMIGRACIÓN ESPAÑOLA EN FRANCIA
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En primera persona
Mi abuela Fina se confinó hace un año. Se adelantó a Sánchez, a Feijóo y a los consejos de Fernando Simón. Mi abuela dejó de ir a jugar a las cartas al bar y se metió en casa. Cambió los paseos al lado del río por vueltas al pasillo. Su "salir fuera" se convirtió en sentarse en la galería y mirar la calle desde la ventana.
Pese al transcurso de los meses, a las desescaladas y a las escaladas, a la segunda y a la tercera ola, las cosas no han cambiado demasiado para ella. Y como para mi abuela, para millones de personas mayores.
Ayer, por fin, se vacunó contra el coronavirus. En la sala de espera, mientras hacíamos tiempo hasta su turno, hablamos de comida, de Pasapalabra, reímos. Sabía que ella estaba nerviosa y que había dormido mal, así que hablé por un tubo.
Cuando por fin entramos en la consulta, me lagrimeaban los ojos. Mi abuela, mientras, serena como es ella, se sentó, se quitó su chaqueta roja y contestó a las preguntas de las enfermeras. La pincharon, nos despedimos y volvimos a la sala, a esperar el cuarto de hora de rigor.
Ahí, con la dosis de vacuna corriendo por su cuerpo, se sinceró: "La verdad es que este año nos lo han robado. La vida que teníamos antes la perdimos". Yo estaba pensando en los cambios de mi día a día desde el marzo pasado. Ella interrumpió mis pensamientos: "Antes íbamos a jugar la partida por las tardes. Hablábamos antes, después. Nos pedíamos un café, yo una manzanilla, y lo pasábamos bien. Ahora… todo el día en casa. Es que hay miedo". ¿Qué se contesta a eso? "Poco a poco tienes que ir saliendo a pasear por el río y luego, con el paso del tiempo, recuperar la confianza y la normalidad", le dije. Pero ella todavía no lo ve claro, ni siquiera el ir a la peluquería. "A ver, a ver qué pasa… Por el paseo hay mucha gente, me da algo de miedo, la verdad", me contesta.
Lo jodido del miedo es que se queda en el cuerpo mucho más tiempo del que nos gustaría y, para vencerlo, todavía no han inventado una vacuna.
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