Arte en Ourense: ¿Y si dejamos hablar a las piedras?

Reportaje

75 piezas de los fondos del Museo Arqueológico muestran la plástica castrexa como manifestación autóctona, en los asentamientos, modos de vida o creencias; adelanto expositivo para cuando el edificio sea una realidad.

Publicado: 28 ene 2023 - 03:30 Actualizado: 28 ene 2023 - 13:36
La representación de un guerrero en las paredes de la sala (Foto: José Paz).
La representación de un guerrero en las paredes de la sala (Foto: José Paz).

Hablan pausado, con cautela, como si de cada palabra -exagero- dependiera la vida. Silentes, tras de sí, unas piezas milenarias de la cultura castrexa, expresión autóctona de Galicia y norte de Portugal hasta que la romanización impuso sus reglas. Ellos -Avelino Rodríguez y Xulio Rodríguez- trazan teorías, se guían por opiniones compartidas, para defender el crédito de unas creaciones que aunque rodeadas de interrogantes, o tal vez por ello, son un tesoro. La arqueología también es eso. La exposición “Plástica castrexa”, 75 piezas de los fondos del Museo -cabezas, guerreros, sedentes y ornamentos- se muestra en la sala de Afundación porque el Arqueolóxico sigue varado en una surreal singladura. La mayoría fueron encontradas fuera del lugar de origen, reutilizadas en muchos casos. De esos avatares van estas líneas.

Otras vidas

Jugaban al balón pero era una cabeza. Del cuerpo nadie recuerda. Los guerreros se instalaban a la entrada de los castros para señalar prestigio. Un nombre: Francisco Conde-Valvís (Valverde, Allariz, 1899-Vigo, 1985). De profesión industrial, responsable -junto a su padre, Ruca- de la llegada de la luz a Ourense. Persona cultivada, arqueólogo de corazón, fue delegado y benefactor del Museo. Para él las dos figuras no eran novedad, las había visto de niño en un balcón en Outeiro de Laxe (Allariz), a modo de atlantes, aunque entonces a cada cuerpo le correspondía una cabeza. “Cando deu cas imaxes, unha estaba volteada, tapando un rego de auga; a outra esnaquizada formaba parte dos muros dunha casa”, comenta Avelino. Ambas, decapitadas. Fruto del ensamblaje, hoy una de las figuras conserva cicatrices, operación poco ortodoxa a ojos actuales.

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Años 40. Santiago de Cadós, Rubiás (Bande). Expedición reglada de la Comisión de Monumentos. En lo alto de una fuente aparece una cabeza de formas suaves y rotunda expresión. Es la crónica anunciada de un descubrimiento. En la historia, numerosos textos apuntan a la figura de un guerrero en la zona. El más antiguo, del s.X, cuando donan el monasterio de Santa Comba de Bande a Celanova, “López Ferreiro publica un documento dunha donación que di que no límite dunha das zonas hai unha figura dun home escultura en pedra”. Otros posteriores, s. XVII de Mauro Ferrer, señalan la zona del Castro de Rubiás como lugar donde un guerrero tiene la inscripción de Adrono Veroti F. (Adrono Veroti hijo). Hubo suerte. Aquella expedición encabezada por Otero Pedrayo encontró también una lápida de Trajano.

En el mundo castrexo los muertos no existen. ¿Incógnita? Pero entre las piezas hay cabezas a modo de máscaras mortuorias. De la mano de Conde-Valvís -hay 15 donadas por él- una curiosa de Abeledo, que aparece incrustada en una vivienda a la vista de todos. La parte superior está hueca. “Reutilizada como bebedeiro das pitas”, comenta Xulio.

En los asentamientos hay animales estabulados. A Laureano Prieto le debemos la imagen de un verrón, que aparece “no igrexario en Benbibre”. En origen estas representaciones eran para proteger la cabaña. ¿Y el mono de Coelernos, de Castromao? Toda una sorpresa. “Non era unha sociedade pechada, comerciaban cos fenicios, con Roma. O que se trae é a idea do animal”. Así es como apareció el primer mono, en Celanova.

Para ideas importadas, la de los sedentes, de tradición mediterránea. En la exposición hay tres, no sabemos su ubicación en los castros, sí que representaban el poder, por el detalle de las joyas, brazaletes y aros. Uno apareció con las obras de ampliación de una sepultura en la capilla de San Martiño. Decapitado, presenta gran desgaste en la parte alta del torso, lo que apunta un uso -en principio para afilados- y una ubicación anterior. El caso de los otros dos sedentes, los de Xinzo, aparecieron en una zona lacustre, separados por un muro. Todos decapitados, la cabeza es lo más frágil. Desplazados de los castros como meras piedras en nada tuvieron en cuenta sus usos rituales funerarios o alusiones religiosas.

La muestra, en palabras de su director, será una de las salas permanentes del Museo. Porque aunque paralizado, ya saben, algún día será: cuestión de fe.

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