UNA VIDA DE COLECCIÓN (XVI)
Artistas y escritores cariñosos con José Manuel Valencia
LA NUEVA OURENSANÍA
“¡Morriña!, es algo que además siento mucho cuando estoy fuera”, comenta Audrey Hunt. Natural de San Francisco, California, pero criada en Charlotte, Carolina del Norte, lleva once años en Ourense, y vive el sentimiento en su acepción de nostalgia de la tierra gallega. “Vine con una beca como auxiliar de conversación y estuve trabajando como tal hasta hace un año”, revela. Después estuvo en Divina Pastora Franciscanas, el colegio Miraflores y unos meses el año pasado en la escuela pública. Cuenta que estudió desde pequeña en un centro bilingüe por deseo de su madre, quien vivió un tiempo rodeada de hispanos en Los Ángeles, y que llegado el momento de volar del nido, se le ocurrió optar por esos programas. “En Estados Unidos cada vez hay más latinos y hablar su idioma te abre muchas puertas”, comenta.
“Hice mi erasmus en Pamplona, y como ya conocía el norte, puse Andalucía de primera opción”, confiesa. Lo de Galicia le vino un poco de rebote al ser su tercera elección en la lista, y Ourense le quedaba cerca de su primer destino profesional en el colegio de Monterroso. “Tenía una compañera también americana que trabajaba en Rairiz de Veiga, y esto era el medio”, aclara.
El segundo año tras su llegada conoce a su marido, un ourensano que es profesor de ciencias. “Su familia es de San Xoán de Río, cerca de Trives pero ellos viven aquí”, comenta. Tiene Audrey una niña de dos años que nació felizmente en el CHUO y dejó a una abuela bien contenta. “Mis padres están encantados de que esté aquí, alucinan con la sanidad pública, es muy impactante”, nos confiesa. Opina Audrey que somos muy afortunados de tener un sistema que los impuestos sustentan. “En Estados Unidos mi parto, y la hospitalización de mi hija ocho días en neonatos hubiese costado cientos de miles de dólares”, revela. Un dato curioso, que llamó la atención a su pareja, fue el no ver muchas ambulancias en Carolina del Norte, cuando en verano visitan esas tierras. Nadie pide una porque no llega de balde a la puerta. “Allí los seguros también están atados a los trabajos”, nos ilustra. Viene a ser que cuanto mejor es un empleo mejor acceso a la salud tienes. Y nos da un ejemplo en números, relacionado con los oficios paternos. “El precio medio de un seguro médico para una familia de cuatro miembros ronda los 1.400 dólares al mes”, informa. “Gente que opina que esperar tres horas por un catarro es mucho, a veces no piensan en que si mañana tienen un cáncer tienes cobertura completa”, añade.
Le preguntamos a Audrey por un sueño americano, pero ella parece ser más de esta tierra. “Ser funcionaria, profesora de inglés en un instituto”, comenta. Se moja también sobre la enseñanza Audrey, que se considera trabajadora, y seguro que no se lo inventa.
“Me presenté al primer examen de oposición a los quince días de dar a luz, no saqué una plaza pero entré en listas”, dejará caer en otro momento, sin darle mucha importancia a la hazaña de concurrir entre toma y toma de leche. “Sigo estudiando porque en algún momento, por duro que sea, tiene que caer”, confiesa. “Tras cuatro años de homologación de papeles, que si el Celga, que si el máster, es demasiado difícil entrar en el sistema”, opina. Nativos o no nativos, considera Audrey que conseguir una plaza es toda una proeza. “Para mejorar el nivel de inglés de un país no puede ser que todos los nativos siempre estén en colegios privados, en academias o enseñanza concertada porque no consiguen entrar en la pública”, comenta.
Hablamos un poco de Charlotte, y nos explica que es lugar de bancos. También hay un triángulo de universidades enfocadas en el desarrollo tecnológico. Concluimos pues que viene de lugar de ingeniosos y que por allí circulan los cuartos. Listiña es, “Carballiño, Xinzo, Afiador”, no falla una en el test de preguntas sobre el cuchillo, el tubérculo o el tentáculo.
“En los Estados Unidos la gente no se junta tanto como aquí”, explica Audrey. Y narra un ejemplo corriente como el de los padres que viven en Arizona mientras el hijo trabaja en Manhattan. “Cuando quedas menos veces, aprovechas el tiempo mejor”, apunta. En las dos ocasiones anuales que ve a su gente americana, “todo el mundo está de muy buen humor”, concluye ella, risueña y encantada.
Aquel sueño propio de su nación, de conseguir el éxito al margen de donde uno sea, cristaliza hoy en el caso de Audrey Hunt en tierra de emigrantes a las Américas.
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