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Encajando en el estereotipo de brasilero sólo por un cuerpo bien esculpido, a Roberto Norbiato se le ve más ciudadano de mundo que emigrante aclimatado. Con doble nacionalidad -brasileña y portuguesa- y tramitando la española, no bebe, no sale de fiesta, no baila la lambada, y mientras habla transmite profesionalidad, rigor, amabilidad y ‘brincadeira’ la justa. “Yo soy un brasilero alemán…bailo lo mismo que una columna”, confiesa entre las máquinas de su gimnasio, menos concurrido en horario de media mañana. Acaban de realizar la ampliación de Viacambre Fitness, un negocio que, con mucho trabajo y una clientela hecha a base del boca a boca, abre sus puertas cada día a las siete de la mañana en las populares galerías ubicadas entre el paseo y la calle santo domingo. “La atención personalizada es lo que nos distingue”, informa. Según él, las grandes franquicias están eliminando ese servicio que considera fundamental en el sector. “No puedes asesorar igual a un deportista, que a una persona con escoliosis, que a alguien enfermo de cáncer”, comenta a la par de desvela el variado elenco entre su clientela.
Su historia es parecida al cuento de tantos niños que juegan por las calles de Brasil y que son descubiertos por un experto que los hace cruzar mares para jugar en equipos de segunda y tercera división europeos. “Hace veinte años, en estos clubs podías ganar unos dos mil quinientos euros”, revela, y en sus ademanes vemos a un hombre honesto, trabajador y sencillo. “Mi sueño sería traer a mi madre de vacaciones a Ourense”. “Un lugar favorito, las termas de Outariz”, comenta con ilusión sobre la ciudad en la que acabó recalando tras años como futbolista semiprofesional en Portugal. Siempre de talante positivo, reconoce que experimentó cierto desencanto cuando se vio lesionado con veintiséis años, y con toda una trayectoria en el deporte acabada. “Después de tanto tiempo, entrenando desde pequeño…”, pero rápidamente su melancólica mirada vuelve a la realidad presente para desairar lo que algún día fue el fútbol en divisiones inferiores. “Era una mafia”, confiesa, y añade “si estabas en un equipo que no tenía visos de ascender o descender podías estar meses sin cobrar”.
Oriundo de Arapongas, en el Estado de Paraná, en la región sur del país, abandona aquello siendo niño y de entrenador en entrenador, alguno jefe, alguno amigo llega a Ourense en 2009 donde decide afincarse hasta hoy por “su calidad de vida y su tranquilidad” que considera muy distinta a la realidad de su país. Aquí se gradúa en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte pasando noches sin dormir mientras los días se suceden como entrenador físico por cuenta ajena, y es ahí, en uno de esos lugares donde conoce a su pareja, una asidua clienta de un antiguo gimnasio con la que empieza primero una relación y en 2014 su actual negocio. “Ahí sí que encajo en el cliché”, comenta con franca sonrisa en relación a la tópica historia del hombre joven fornido que conquista a una mujer entre sudores y rubores.
Itamar Roberto -su nombre completo- se proyecta feliz y hace suyo un proverbio por lo visto típico en su país, “Jugador de fútbol duerme pobre y amanece millonario”. Quien le habría dicho a aquel niño de trece años que abandona Brasil que encontraría el amor y montaría un negocio próspero en la ciudad de las Burgas.
Comenta Roberto sobre el deporte rey, “Tiene algo de magia, pero también algo de ingrato”, y ese es el lema que sabiamente traslada a la vida. Otro dicho propio del gremio, y que suscribe también el paranaense para referirse a su historia, “El fútbol es así”.
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