Con integridad, lograron integrarse

Esta comunidad africana llegó a la provincia en los 80 y se abrió paso hasta lograr su integración: el racismo que vivieron los primeros se disipó para dejar espacio a su cultura. Siguen enfrentándose a la precariedad y a la dificultad para obtener los papeles

Ibrahim Diouf con su familia vistiendo trajes típicos del país africano. (MIGUEL ÁNGEL)
Ibrahim Diouf con su familia vistiendo trajes típicos del país africano. (MIGUEL ÁNGEL)

La comunidad senegalesa cuenta con 327 miembros en Ourense y se sitúa en el décimo puesto en la lista de nacionalidades extranjeras de la provincia. Es, además, el segundo país africano con más residentes después de Marruecos, que cuenta con 918 habitantes.

La presencia de este pueblo en la ciudad, como indican sus propios miembros, se caracteriza por su convivencia pacífica, en estrecha colaboración con las instituciones y otras nacionalidades. Sin embargo, no siempre fue así: “Hubo un cambio de dinámica con el tiempo. Años atrás, todos los que llegaban se dedicaban a la venta ambulante. El racismo era un fenómeno presente. Los ourensanos no estaban acostumbrados a ver negros”, indica Ibrahim Diouf, uno de los representantes de la comunidad que lleva 20 años residiendo en la ciudad de As Burgas.

Esta idea inicial cambió. “Creamos nuestra asociación y empezamos a hacernos visibles, a organizar actos, colaborábamos con el ayuntamiento y hacíamos fiestas para todo el mundo, compartíamos nuestras tradiciones”, recuerda. Así fue casi dos décadas pero, según este senegalés, en el presente las nuevas generaciones no ejercen el relevo necesario. “Son más problemáticos. Hace un tiempo nos llamaron la atención desde la Subdelegación del Gobierno para preguntarnos por qué los jóvenes daban problemas. Hablamos con ellos y se calmó el ambiente”, indica.

Una de las medidas que tomaron fue crear un equipo de fútbol. Jugaban partidos contra la Policía Local, con presidiarios o incluso con curas. “Era algo único. Fue un antes y un después en nuestra integración”, afirma Diouf.

Todas esas acciones dejaron huella. La semana pasada, el joven Alassane Ndiyae fallecía ahogado en la presa de Velle. La conmoción fue general en la comunidad senegalesa, pero también entre los ourensanos. “Recibimos una ola de solidaridad de toda la gente. Nos llamaron, nos asistieron, vinieron al tanatorio e incluso fueron a casa de la familia a dar el pésame. Nos emocionó. No nos sentimos solos en la peor situación”, explicó. Muchos particulares donaron a la familia para ayudar con la repatriación, que se hizo efectiva este domingo.

Conseguir los papeles

Con el tiempo aumentaron los miembros de la comunidad, pasaron de ser 16 personas en 1998 a 312 en 2021. Diouf recuerda que antes se conocían todos, pero ahora es mucho más complicado. “Solíamos visitar el padrón para que la trabajadora social nos fuese informando de quien llegaba, pero ahora hay bastantes personas empadronadas que no viven aquí”, explica. “Es por temas de los papeles. Es muy complicado, sobre todo por la imposibilidad de encontrar un contrato de trabajo”, añade. Dice que actualmente venir desde Senegal con un contrato es muy complicado porque tendría que ser un oficio que los nacionales de aquí no puedan o quieran cubrir.

Además, cuando logran firmar un contrato tienen que pasar previamente por el consulado de Senegal, “por tanto, una vez que estás aquí si llevas menos de tres años, tienes que ir allí para hacer los papeles. Es un lío y es arriesgado. Muchos temen que no les dejen volver a entrar”, relata.

Otros accedieron de formas alternativas. O bien llegaron en cayuco, o bien con un visado de turista. Aunque la mayoría se quedó, tardaron años en conseguir la documentación legal. Es el caso de El Bachir Niaffe, que llegó a Ourense en 1988 y no consiguió los papeles hasta mediados de los 90. “Vine como turista y me quedé. Cuando terminó, estuve de ilegal cuatro años. Después salió una ley para regularizar a los inmigrantes y tardaron otros cuatro en darme el documento”, explica. Como mientras estaba en situación irregular abrió una tienda en la ciudad, cuando solicitó los papeles mostró que recibía ingresos y tras años de espera, logró la nacionalidad. Ahora, cuenta con dos negocios, los comercios “Touba Taïf”. Es un caso “raro”, ya que la mayoría se dedican a la venta ambulante. Diouf señala que “es lógico porque casi todos llegan de forma ilegal”.

Otro caso es el de los migrantes que firman el contrato antes de viajar a España. Aunque es poco común, existen casos en Ourense. Ibrahim recuerda que así fue la historia del padre de Alassane. Consiguió un contrato como carpintero junto a otros dos senegaleses y vinieron a la ciudad de As Burgas.

Las deportaciones, raras

Aún estando en situación ilegal, son raras las deportaciones. Con los años bajaron hasta ser anecdóticas. “Hay casos, pero cuestan dinero. Los billetes y designar a un agente que viaje con la persona es bastante gasto. Creo que por eso cada vez hay menos”, dice Diouf. “Lo que se ve a veces es que tienen aviones ya cogidos y pocos días antes seleccionan a unos cuantos inmigrantes”, explica. Sin embargo, El Bachir Niaffe apunta que “en Ourense, para que te deporten tienes que llegar a delinquir, sino es muy raro” y añade que “la comunidad suele frenar un mal comportamiento, a modo de juicio social”.

También hubo cinco casos de personas que llegaron, trabajaron temporalmente y decidieron volver a Senegal. “Recuerdo a un compañero que acudió a la Policía Nacional a confesar que estaba de forma irregular. Consiguió que le pagasen el avión porque si te deportan no pagas nada”, explica Diouf sonriendo. Menciona, además, otra vía: el retorno voluntario. “Si se tiene un proyecto en Senegal en el ámbito laboral que ocupe habitualmente, es posible acceder a una ayuda para conseguir los vuelos de vuelta”, indica.

Conectados

La comunidad senegalesa se mueve hacia Italia, Francia y España. Una vez sobre el terreno establecen su residencia en función de sus contactos previos, ya que muchos llegan sin conocer a nadie. Ibrahim Diouf solo tenía un contacto en el país con la confianza justa para recibirlo en el aeropuerto. Cuando llegó a España lo recibió, pero era de noche y no podía meterlo en su casa porque había mucha gente. Caminaron horas por las calles de Madrid en busca de un hostal hasta que, a las 23,00 horas, se cruzaron con un hombre que les dijo que era senegalés. Solo porque compartían nacionalidad lo llevó a su casa e Ibrahim pasó allí dos días. Su anfitrión le puso en contacto con su primo, que vivía en Ourense y podía ayudarle. “Tuve suerte, pero es como nos vamos moviendo todos. Cruz Roja y otras entidades también nos ayudan cuando estamos solos”, explica.

En el presente, muchos de los que vienen ya están en contacto a través de aplicaciones de mensajería con otros inmigrantes. Antes la situación era más aparatosa: “Dependíamos de los locutorios y las tarjetas de saldo para comunicarnos”, señala.

La pandemia

Las comunidades de inmigrantes en la provincia, muchas de ellas precarizadas, sufrieron un batacazo durante los años de pandemia. “En nuestro caso, los que peor lo pasaron fueron los que se dedican a la venta ambulante. Desde el consulado de Senegal daban ayudas pero nosotros también tuvimos que movilizarnos para ayudar a nuestros compañeros. Juntamos 150 euros para cada persona que trabajaba en la venta ambulante”, recuerda Diouf.

“El lugar de residencia determina a la persona y su consistencia religiosa”

En Senegal se practica la religión Islam. Los creyentes deben rezar cinco veces al día y el viernes pueden acudir a la única mezquita que hay en la ciudad, ubicada en la calle Cadaval Valladares.

Aunque la mayor parte de la comunidad es practicante, Ibrahim Diouf explica que hay falta de fe, sobre todo entre los jóvenes más integrados en la sociedad ourensana. “Lo que determina a una persona es el lugar donde vive, una vez que venimos, a muchos les influye y se desligan de la tradición. Hay que hacer esfuerzos para no perder la fe”, opina el senegalés.

Los horarios de los rezos cambian. El primero es a las 5 de la mañana, “muchos no se levantan, rezan después o no lo hacen”, explica Diouf, y añade que “allí los horarios de la vida laboral están adecuados a los momentos religiosos, en España eso se desconfigura porque es otra la religión mayoritaria”. Además, otros rezos coinciden en horario laboral y en muchas empresas de la provincia existen sitios habilitados para que puedan parar a rezar. En Coren, donde el grupo de extranjeros más numeroso es el de senegaleses, existe un habitáculo para ellos.

Otro requisito es que se coloquen en dirección a La Meca. “Utilizamos una aplicación móvil que nos dice donde está. También tiene alarmas para que estemos atentos cuando toca”, dice mientras la muestra.

Diouf contempla un partido de fútbol. (MIGUEL ÁNGEL)
Diouf contempla un partido de fútbol. (MIGUEL ÁNGEL)

La comida

El plato típico de Senegal es el pescado con arroz. Desde algunas familias explican que, aunque allí se come prácticamente todos los días, una vez llegan a España se adaptan a la dieta local. “No siempre hay tiempo para cocinarlo y es caro, no se puede comer todos los días”, indican.

La vestimenta

Aunque una parte importante de la comunidad senegalesa -sobre todo los jóvenes- se adaptó a la moda del país, son muchos los que eligen vestir ropa típica de Senegal. Un ejemplo son los “boubous”, unos mantones coloridos y de algodón. Además, estas prendas no faltan en la mezquita o en bodas y otras celebraciones.

La música

Cuando se celebran fiestas nacionales, los miembros de la comunidad en Ourense se preocupan de que suene la música tradicional. Habitualmente contactan con el grupo Sicobana África, que viene de Madrid. El único “griot” (difusor de la cultura africana) que hay en Galicia reside en Vigo. Es Alseyni Kamara.

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