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Una pequeña casa de piedra situada en lo alto del pueblo de Rubiás es el "refugio" ourensano al que, cada vez que puede, le gusta escaparse a Miguel Álvarez González. "El fixo a súa vida alí, na Sabana Grande, pero aquí tiña a herdanza paterna", apuntaba José Feijóo, a quien se le asoma una media sonrisa en el rostro al recordar que lo más le gusta a su cuñado es "ir comer o bacallau a Castro Leboreiro (Portugal)".
En Rubiás, donde apenas hay doce vecinos censados, según el Instituto Galego de Estatística, la noticia del secuestro de Miguel Álvarez se extendió con rapidez. "Estamos mal. Sempre é duro escoitar estas novas e máis se trata dun veciño", relataba María Encarnación Amorin, que define a la víctima como "moi boa persoa, un home moi traballador que sempre mirou polos seus pais".
Palabras de cariño y aliento que repetía otra de sus convecinas, Adela Gómez, "como no lo voy a sentir si yo lo vi nacer", confesaba, para acto seguido desear su pronta liberación.
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