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PÁRROCO EMÉRITO
Don Santiago González Rodríguez nació en tierras de Gomesende, en la parroquia de O Pao, en 1930. Tuvo un tío sacerdote que seguro fue una buena referencia en su vida, se ordenó sacerdote en Roma en 1952 y al volver trabajó con ilusión y alegría en donde la Diócesis le pidió: en el Seminario, en la parroquia de Santo Domingo, pero, sobre todo, en la creación y puesta en marcha de la parroquia de La Asunción de Nuestra Señora, en la que puso sabiduría, corazón y vida. Y juntos, parroquia y sacerdote, fueron creciendo y abriendo caminos de vida cristiana y progreso en esta zona, entonces periférica, de la ciudad.
Don Santiago supo poner sus saberes al servicio de la pastoral. Y nunca tuvo miedo en atreverse a los aires nuevos que soplaban desde los Documentos del Concilio Vaticano Segundo. Los estudiaba bien y procuraba hacer crecer su parroquia teniéndolos bien en cuenta. Y por eso abrió las puertas del templo, del Despacho Parroquial y de su propia casa y vida a todos. Y juntos planeaban, programaban y corregían. Y allí todos tenían tiempo y espacio para hacer mil cosas: niños, jóvenes, matrimonios, catequistas, agentes de liturgia, coro, grupo de caridad... Y había equipo de fútbol, rutas de senderismo y hasta algún baile.
Y no le daba miedo que se equivocaran o que las cosas no salieran perfectas, lo importante era trabajar e intentarlo. Y así formaban familia y así se iba ensamblando la parroquia.
Y Don Santiago conocía a todos sus feligreses y los quería sin condiciones, y por eso ellos le querían tanto.
Cuando llegué a la parroquia después de su jubilación, venía a concelebrar todos los días y me encantaba preguntarle cosas pues, con su memoria prodigiosa, conocía y recordaba a los feligreses con una riqueza de detalles que me parecían imposibles, pues sabía nombres, relacionaba las distintas generaciones de las familias y su situación de vida tanto cristiana, como social y económica. Una enciclopedia.
He sido testigo durante mis años en la parroquia del cariño, respeto y devoción agradecida que le tenían los feligreses. No me cabe duda de que durante mucho tiempo el párroco de La Asunción seguirá siendo Don Santiago. Y estoy seguro de que el párroco actual, Don Manuel, entiende lo que digo y lo comparte.
Don Santiago fue un hombre valiente y bueno, un hombre de paz y un sacerdote enamorado de su ministerio. Así lo valoraron siempre los muchos sacerdotes que colaboraron con él y sus lecciones, además de los alumnos, las aprendieron bien los feligreses.
Descanse en paz y que el amor de Dios, que predicaba con pasión, le abrace con ternura para siempre.
Creo que el templo de La Asunción, remodelado con esmero, pide a gritos una placa o algo similar para mantener siempre su recuerdo.
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