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ARZOBISPO DE SANTIAGO DE CUBA
El arzobispo Enrique Pérez Serantes y Fidel Castro estuvieron codo a codo en un instante crucial, y ferozmente distanciados durante los nueve años siguientes. Era 1 de enero de 1959. Santiago de Cuba vivía el día más ferviente de su historia.
La tiranía de Fulgencio Batista llegaba a su fin, y otra, más perversa y eficaz, comenzaba en la sombra. Desde el balcón del ayuntamiento, el líder guerrillero daba su primer discurso ante una multitud eufórica, y justo a su lado se hallaba el prelado gallego. El mensaje era contundente: la Iglesia respaldaba a la Revolución.
Pérez Serantes, cinco años atrás, literalmente había salvado la vida de Castro y sus compañeros luego del fracasado asalto al cuartel Moncada en julio de 1953, con una intensa campaña para que se respetara la integridad de los sediciosos y cesasen las atroces represalias. Esto solo pudo lograrse entonces con una autoridad moral incuestionable.
Monseñor Pérez Serantes, que al momento contaba con 76 años, se había convertido en una figura mítica para el pueblo.
Pero, ¿hasta dónde podemos rastrear los orígenes de este hombre? La respuesta está en la provincia de Ourense, aunque Pérez Serantes naciera por accidente en el Tuy de 1883. Allí su padre había sido destinado como Guardia Civil a la frontera con Portugal, hasta que en 1896 la familia regresó a Freixo, Celanova. Desde esa fecha, el joven Enrique fue admitido en el Seminario de Ourense. En 1901 interrumpió sus estudios en franca evasión del Servicio Militar, trasladándose a Cuba con unos parientes maternos.
Y fue precisamente en Cuba donde continuó su formación en el Seminario de La Habana, prosiguiendo con una meteórica carrera eclesiástica.
Pero hojeemos hacia adelante el almanaque y volvamos a ese balcón junto a Fidel Castro, el 1 de enero de 1959: la Iglesia tenía toda la voluntad de respaldar a la joven Revolución, pero la joven Revolución, al radicalizarse con el apoyo soviético, comenzó a ver en la Iglesia un foco de disidencia y peligro. No hubo tal Revolución, era el ego elefantíasico de un solo hombre, que, como todo buen narcisita, era incapaz de experimentar gratitud y empatía.
Las relaciones Iglesia-Estado se fueron gangrenando progresivamente. El hombre que había salvado a Fidel Castro de una ejecución segura por un delito grave de sedición en 1953, se fue convirtiendo poco a poco en una sombra, en un leproso político a quien convino mantener lejos de toda influencia. Le tocó vivir en primera fila, el asedio más largo y letal al catolicismo en Occidente. Ser católico en la Cuba de la década del sesenta, era algo más que un acto de valor frente a una sospechosa oleada de “ateísmo masivo”.
Pérez Serantes, el salvador que se negó a someterse, se convirtió en un recordatorio de la mala memoria de todo régimen totalitario.
El silencio, metódicamente administrado, puede ser tan eficaz como un ácido. Acorralado y enfermo, el ourensano que una vez fue una de las voces más lúcidas e influyentes de Cuba, vio su legado oscurecido por el mismo régimen al que había dado un apoyo germinal y decisivo.
Un día antes de morir, el 13 de abril de 1968, instó a quien sería su sucesor, Pedro Meurice: “Muero como un perro mudo. A mí me taparon la boca, así que el día que tú puedas hablar, habla. Y que el mundo te oiga”.
Meurice cumplió el deseo de su predecesor durante la visita del papa Juan Pablo II a Cuba, denunciando, frente a la cúpula del poder, la grave situación del pueblo cubano y el amordazamiento de la iglesia durante décadas en un acto inédito de valentía moral. Muchos vieron en sus palabras una justa restitución a la memoria del ourensano traicionado por Fidel Castro.
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