Los monstruos y el abandono

LEER ES UN PLACER

Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964). Es una de las voces más originales de la literatura norteamericana. Sus obras, “Menos que cero” y “American Psycho”, convertidas en grandes éxitos de público y crítica, diseccionan una sociedad actual marcada por el materialismo y la soledad

Hace pocos días, mientras compartíamos impresiones sobre literatura y mercado literario en una cafetería de As Lagoas, coincidíamos mi amigo Francisco Narla y yo en que la novela norteamericana nos depara grandes lecciones en lo que significa verdaderamente saber narrar, mostrar y omitir lo conveniente. Hablamos de grandes nombres que son a un tiempo disfrute lector y aprendizaje.

Y a propósito de que yo estaba por terminar “Los destrozos”, tomamos por un magnífico ejemplo al gran Bret Easton Ellis, un mago de la narración que convierte nuestros celulares en toscos teléfonos de discar, nuestras teles de pantalla plana en pesados armatostes cuyos canales hay que cambiar manualmente; y sobre todo, logra instalarnos en ese Los Ángeles de 1981, repleto de celebrities, sectarios fanáticos y adolescentes dispuestos a aspirar hasta el polvo de las ventanas con tal de evadirse de su desamparo y su soledad.

Cada lector que entra al mundo de Ellis, en vez de hojear un libro lo que hace realmente es ajustarse una escafandra para bajar a las profundidades de una época fabulosa y aterradora, contada desde la perspectiva adulta de Bret, un escritor de cincuenta y tantos años, que a razón de reconocer en un parqueadero a una antigua compañera de instituto, comienza a revivir a todo color aquellos 17 años marcados por la avidez de emociones transgresoras, la urgencia tóxica de vivir y el miedo paralizante. Las propias palabras del narrador definen meridianamente aquel estado vital: “Teníamos la experiencia, pero nos faltaba el sentido”.

El primer punto de inflexión de la novela aflora en el momento en que este paraíso juvenil de excesos y “destrozos”, comienza a modificarse con la llegada de Robert Mallory, un joven apuesto y con una gran capacidad de influencia sobre el grupo, que sospechosamente coincide con el destape de un asesino en serie conocido como “el Arrastrero”.

A medida que el lector acompaña a Bret en cada giro de timón, en cada orgía o “colocación” grupal, no está asistiendo más que a la manifestación de las consecuencias: en realidad estos chicos padecen un mal mucho más profundo, y es el abandono de unos padres que se encuentran demasiado ocupados haciendo dinero, o viajando por cuestiones de negocios. Ellis parece decirnos con otros recursos, y bajo otros términos lo que ya nos decía Mary Shelley con su Frankenstein en 1818: los monstruos, más que de la violencia, nacen del abandono, de la mano que no se tendió a tiempo, del “te quiero” que no se dijo. Lo atestiguan aquí las escenas de la persecución a Mallory, o el rechazo visceral que Bret sufre a mano de uno de sus amantes.

“Los destrozos” no solo es en sí un coloso de ambición literaria cabalmente lograda, es un viaje al fondo de esas carencias nuestras que nos convierten, por momentos, o a tiempo completo, en angustiadores de los demás.

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