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Entre las convicciones estéticas de hace veinte años que aún conservo, está la certeza de que la poesía es el más profundo y completo de todos los aprendizajes literarios. Tal vez porque la imagen poética estimula la intuición hacia lo verdadero y entrena el oído para escuchar un ritmo que no es en sí la cadencia fonética de las palabras, sino el ritmo secreto del universo.
Hay libros que para mí tienen la imantación de esas casas de infancia donde hemos vivido, y a las que ya de adultos regresamos pidiendo permiso a los nuevos dueños para ver cierto ángulo, cierta penumbra. Es lo que me sucede con “Poeta en Nueva York” (Debolsillo, 2025) del inmensísimo Federico García Lorca. Recuerdo haberlo leído por primera vez en una edición de los años cincuenta de Austral con un deslumbramiento superlativo, y os confieso, que hoy ese sentido del asombro es mucho mayor; porque urge volver sobre esa verdad de mis mayores: la experiencia es un grado, y tanto para escribir como para leer, el currículum invisible de lo vivido se convierte en un amplificador de la sensibilidad.
Lo que veo aquí es otro Lorca, porque yo, en mí mismo, soy otro. Lo curioso es que no me parece estar leyendo un libro contemporáneo, impreso hace solo un año, si no las hojas sueltas del original, llenas de tachaduras y costurones de tinta, desbordadas de rareza y absurdo. Lo que ilumina mi lámpara de noche, genuflexa sobre larga argamasa de papel, no es un libro sino la cinematografía íntima de un andaluz perdido en una ciudad bella y terriblemente simétrica.
Leo “Poeta en Nueva York”, y lo que experimento es una sensación de audacia, de la euforia propia de alguien que se muere por contarle a los demás un secreto. Ahora recaigo en la idea de que ningún noticiero cinematográfico de la época pudo haber captado de una forma tan compleja y precisa el status quo del momento; ese crack neoyorquino de 1929 tiene su más humano retrato en esos poemas donde Lorca estampa escenas de histeria colectiva, desesperación e incertidumbre.
Ahí están los músicos negros, que convierten sus saxofones en grandes hipocampos en las puertas de los bares, en niños a quienes se les ha fugado de las manos la cometa de la inocencia; ahí respiran lo grotesco y lo abyecto como formas de poesía auténtica y alejada del falso lirismo de salón. Toda esa crudeza se agradece porque tenemos una necesidad de belleza no diagnosticada, una urgencia de atender a lo esencial.
Lorca, a unos pocos días de que lo vuelvan a fusilar en Viznar, me confirma que solo el desafío sensorial de la poesía puede devolvernos a ese estado de reinvención cuyo combustible es la metáfora, la rebelión imaginaria sin la cual viviremos rehenes del algoritmo y las imágenes dadas. Leed a Lorca, no importa que pueda pareceros groseramente disruptivo, la realidad también lo es, y cierto es que no se disculpa ni pide permiso.
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