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SUEÑOS DE OLIMPIA
El bochornoso culebrón veraniego protagonizado "ex aequo" por Leo Messi y el FC Barcelona, o la salida de Gareth Bale del Real Madrid nos ayuda a comprender el deporte profesional actual.
Hace mucho tiempo, el club era una institución sagrada. Por encima de cualquiera de sus miembros, incluso de aquellos calificados de leyenda. Muchos ansiaban fichar por estas entidades, no sólo por la oportunidad de luchar por todos los títulos o disponer de buenos contratos.
Existían otras razones. El orgullo de pertenecer a un selecto grupo por méritos propios. El honor de portar una camiseta que suscitaba la admiración popular, pero obligaba a una serie de responsabilidades de imagen pública: actitud, compromiso, sacrificio, ejemplaridad...
Muchos grandes deportistas se entregaron a fondo por su escudo. Algunos lo antepusieron a ofertas más tentadoras y un papel protagonista. Incluso redujeron su carrera y nómina en beneficio de la institución.
La situación hoy es diferente. El deporte profesional mueve millones. El deportista se ha convertido en una multinacional, en algunos casos con más empleados que un club medio.
Messi, Ronaldo, Lebron James... Su popularidad en las redes sociales y la mercadotecnia les convenció de su poder e influencia. Hoy se creen más importantes que cualquier equipo, liga o selección nacional.
Messi puede estar hoy en Barcelona, mañana en Manchester y pasado en Madrid, lloren o no los críos. No importa el lugar, sino el contrato y la felicidad de la estrella. No hay obligaciones y sí caprichos.
Es el poder otorgado por los aficionados, quienes compran sus camisetas y productos. Quienes les perdonarán cualquier ofensa si ganan partidos y títulos.
Tal es la factura del sobrecosto de los Juegos, los gastos de cancelación, y el mantenimiento de las instalaciones, que una nación tan solvente como Japón anunció un importante recorte de presupuesto y medios para la extraordinaria edición de 2021.
La operación se viste como una iniciativa de lo que ahora se denomina "sostenibilidad" y "ecologismo". En realidad será un obligado ejercicio de austeridad y ahorro. Las pérdidas son de miles de millones de dólares, que no van a pagar los miembros del Comité Olímpico, sino los nipones con todo tipo de impuestos. Como los brasileños o los británicos en anteriores ediciones. Como los chinos, aunque allí la gente son números y no importan mucho.
Se ahorrará en el coste de las ceremonias, personal de organización, comunicaciones y acompañantes de deportistas. También se esgrimirán como excusa el protocolo covid-19 para reducir el número de personas no indispensables.
No se duda del desarrollo de los Juegos. Hay demasiados intereses y millones para una nueva cancelación. Comenzarán el 23 de julio del próximo año, sí o sí. Con el mismo número de deportistas previsto, custodiados en una especia de burbuja sin contacto con los habitantes de la populosa capital. Así lo han anunciado el presidente del COI, Thomas Bach y el presidente del comité organizador, Yoshiro Mori.
Quienes piensan que los japoneses se rendirán no conocen la idiosincrasia de la pequeña isla asiática, donde el honor, la disciplina y el sacrificio se maman desde la cuna. Son los secretos de su éxito y también el origen de sus problemas, si revisamos su historia.
Habrá Juegos, para mayor gloria del país, su bandera y el Emperador. Tres elementos, allí sagrados.
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