¿La segunda muerte de Alexandro?

TRIBUNA

Publicado: 18 may 2025 - 07:52
Alexandro posa con dos de sus obras en una exposición en el centro cultural Marcos Valcárcel.
Alexandro posa con dos de sus obras en una exposición en el centro cultural Marcos Valcárcel.

Jaime Quessada, genial pintor y amigo íntimo del artista, decía que Alexandro había sido siempre un precoz militante del romanticismo impío y un pintor de exaltado destino. Pero, para él la pintura fue ante todo un modo de existir o de vivir: el pintor total y amigo, que nos ha dejado inesperadamente el pasado mes de octubre, sin saber por qué, sin decir nada más que lo que dejó transcrito en sus cuadros, metonimias crípticas de su propia vida en una relación empática con el horizonte sorprendente de la Costa da Morte.

Y vivió como un artista resistente, con todo lo que ello significa de privaciones, evocando, a su pesar, a los maudits

Lo conocí en 1982, a través de otro egregio pintor ligado a Ourense, José Conde Corbal, tan amigo y admirador de Vicente Risco como aquel grupo de Artistiñas, de los que Alexandro era inseparable. En los últimos años tuve oportunidad de escribir varios textos sobre su obra y comisariar dos de sus últimas muestras: Lume (Sala Marcos Valcárcel, 2019) y la ilustrativa e íntima, Senda proscrita, en Muxía, en 2022. Hablábamos con frecuencia y compartíamos ideas y vinos en muchos de los fines de semana de Muxía. Con frecuencia hacíamos lecturas en alto de su pintura en su taller de A Camposa, repleto de grandes formatos que aún no habían visto la luz, y de centenares de dibujos y bocetos, decenas de cuadernos o papeles esparcidos en el suelo.

Allí descubrí al artista que centra sus preocupaciones en el relato y apela a los ecos románticos del paisaje, entendiendo éste como un estado emocional. Para él, el hecho de pintar era la huella de un acontecimiento y la expresión de una gestualidad que evoca el territorio más lírico del Monet de los nenúfares o de los expresionistas más libertarios.

Fue un verdadero maestro en el papel, capaz de verter por la vía del lápiz y de la aguada, la dimensión más poética de su pintura, la del vacío y la levedad –frente a la fortaleza matérica y expresionista de sus lienzos-, próxima a la caligrafía de la tradicional pintura china (sumi-yé), que tanto influyó a Tapies y Michaux.

Conociéndolo y, en términos estéticos creo que lo conocía mejor que su familia –y verán por qué digo esto-, no dudo en afirmar que él sabía que su pintura, el proyecto por el que luchó tantos años y al que se dedicó sin descanso, sería su forma de trascender: el sentido de una vida de sacrificios más allá de la propia vida. Y es así porque Alexandro defendió un “borgianismo creativo” a tiempo total (cuenta la leyenda que el autor del Aleph le dijo a su amigo Bioy Casares, que había trabajado un tiempo de administrador en Rincón Viejo, la ostentosa mansión familiar, que debería dejar cualquier tarea laboral ajena a la creación, porque el verdadero arte exigía todo el tiempo) en un país, como el gallego, donde es imposible vivir del arte, sólo sobrevivir. Y vivió como un artista resistente, con todo lo que ello significa de privaciones, evocando, a su pesar, a los maudits de un ya inexistente y remoto vanguardismo histórico.

Recuerdo su modo de sentir la pintura entre el viento y el fuego que explicitó en Lume!: era su manera de vivir al igual que el compromiso con el medio, porque él afrontaba la vida desde la ritualidad artística que supone elegir la inmensidad del Atlántico en el finisterre marinero de Muxía, lejos de cualquier contaminación física, estética o ideológica. Para Alexandro la Costa da Morte no sólo era su territorio cultural y espiritual, sino una manera de sentir el mundo. Y Lume un manifiesto maduro de su proyecto, un estado de conciencia, un grito frente al drama de la naturaleza profanada, un sentimiento de rebeldía y de dolor en la Galicia devorada por el fuego, llorando la desaparición de los verdes y frondosos bosques centenarios y sus efectos perversos, el cambio climático, la degradación del paisaje como espacio cultural…

Trascendencia: recordaré que la obra de Alexandro es un estado de conciencia sobre la naturaleza como concepto estético. Y un compromiso con la belleza y con lo sublime, con el rescate de la moralidad y con la pérdida de la inocencia. Los grandes conceptos del relato artístico actual. A su muerte, el pasado mes de octubre, el Concello de Muxía había decidido rendirle un homenaje en forma de exposición antológica, que debía celebrarse el pasado mes de enero, en la amplia sala de arte “Gervasio Sar”. El comisariado y la responsabilidad de la muestra diacrónica recaía en quien esto subscribe.

Para lograrlo, y con la ayuda de la alcaldía, que colaboró activamente, habíamos hecho la selección de un centenar de obras en su estudio, obras que ejemplificaban un largo proyecto pictórico desde finales de los años sesenta hasta 2024. Un número considerable de pinturas sobre papel de los primeros años y una estudiada selección de acrílicos de diversos formatos sobre lienzo, en función de su evolución y de sus iconografías, a partir de los años ochenta y noventa del siglo pasado.

Cuando pretendíamos materializar la exposición, nos dirigimos al taller, cuyo acceso nos fue facilitado, de nuevo, por la propietaria del local. La obra seleccionada había desaparecido (por fortuna gran parte de las pinturas habían sido fotografiadas previamente). Diferentes miembros de la familia, no sabemos cuántos ni adónde habrán llevado las pinturas –con algunos de los cuales ni siquiera tenía relación- habían accedido al taller y se llevaron, sin decir absolutamente nada, esa selección de obra. Fueron selectivos, porque detrás dejaron gran parte del material pictórico que no les placía, el de menos valor, tantas obras conclusas o inconclusas, decenas de cuadernos de apuntes, bocetos y objetos personales al albur del tiempo y de la sorprendida propietaria de aquel bajo, al que con frecuencia íbamos sus próximos. Ello imposibilitó lo que Alexandro soñó y compartió con algunos de sus amigos en muchas ocasiones: ver reunido su proyecto de más de cincuenta años. El proyecto artístico que había definido toda su existencia, el que le había dado sentido a su vida y por el que luchó durante tantos años entre los temporales de la Costa da Morte. Su trascendencia.

Personalmente sentí pena y tristeza y evoqué, de nuevo, como tantas veces, su rostro angustiado y le dije “perdona amigo, lo intenté, no pudo ser…”.

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