Don Armindo. Un buen valor en la E.G.B de los Salesianos.
OBITUARIO
A vuelapluma y dando comienzo a mis vacaciones, recibo la triste noticia del fallecimiento del que fue uno de los Maestros (lo escribo con mayúscula adrede) más queridos de mi promoción escolar en Salesianos.
Al menos, con periodicidad anual nos reunimos una buena parte de los compañeros y recordamos, casi como si de una liturgia se tratara, los nombres, las virtudes, las carencias y semblanzas “de chascarrillo” que asociamos a nuestro claustro salesiano de aquel entonces. Es, precisamente, por el grupo de una conocida red social instalada en nuestros teléfonos, como llega esta triste información que, a tenor de los comentarios que han ido surgiendo con motivo de la luctuosa noticia, genera unanimidad en el reconocimiento de Armindo de Francisco como muy buen docente y persona de exquisita condición humana.
Su labor como Tutor (nuevamente palabra que destaco con mayúscula) en nuestro sexto curso de E.G.B la quiero realzar tomando como referencia su actitud siempre conciliadora, empática y aderezada con honesto interés hacia los que éramos sus pupilos. Lo cual no era fácil. A nadie le resulta ajena la época de coscorrones, chuletones, capones y unas cuántos más vocablos con el sufijo –ones de la que Armindo nunca fue partícipe. Y eso, teniendo en cuenta las circunstancias, es de agradecer. Siempre lejos de histrionismos docentes y mostrando un sentido del humor muy pavero, nos comentaba los orígenes de la música con el socorrido chiste del “parará papá, parará pachín...”. Y lo que es mejor: nos enseñaba y aprendíamos con él.
Algunos de sus alumnos, recordamos el premio que recogimos en nombre del colegio, en el Museo de Pontevedra, por un elaborado herbario que reunía más de 200 especies de plantas. Esta actividad fue iniciativa de él y siempre bajo su atenta supervisión como buen docente de Ciencias de la Naturaleza (y lo que se terciara) que fue. Las hojas de los vegetales, pasaban por un minucioso proceso de secado en folios dobles y bajo la presión del peso de los libros de la biblioteca del colegio. Así descubrimos los “vidueiros”, “acivros”, “cerdeiras”, “sobreiras” y hasta el Ginkgo biloba. De ese premio, recuerdo que de camino a Pontevedra (provincia de la que era oriundo Armindo) nos invitó a los tres rapaces que íbamos en representación del curso, a un buen bocadillo de jamón de los de A Caniza (toponímico así reconocido en el actual Nomenclátor 2026 de la RAG). También la visita del Centro de Lourizán y la figura del Presidente del Museo de Pontevedra, a la sazón Don Xosé Fernando Filgueira Valverde, quien nos entregó el galardón. Todo un lujo con el que, algunos, con el paso de los más de 36 años que nos separan de ese singular reconocimiento, aún ponemos merecidamente en valor y recuerdo a nuestro querido maestro.
Querido Armindo, querido MAESTRO, descansa en paz.
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