OBITUARIO JOSÉ GARCÍA JUNCAL
Pepe, maestro y amigo
OBITUARIO JOSÉ GARCÍA JUNCAL
Querido Pepe: abro mi ejemplar de “El Marino” y no puedo evitar que me embargue una enorme tristeza. Hermosa historia de amor y de muerte, de lucha contra las adversidades en las faenas de la mar, una loa al tesón de los más humildes, a la tenacidad de la que tú mismo fuiste un auténtico arquetipo.
Generoso y jovial, siempre dispuesto a ayudar los demás, presto para atender a un paciente, a la hora que fuera, sin fatiga ni desfallecimiento, incluso en tus últimos tiempos, cuando te convertiste en el mástil robusto de un navío silencioso que enfilaba la proa hacia el puerto, con su tripulación conmovida pero a la vez confortada por tu entusiasmo y vitalidad. Levantemos nuestra copa para brindar porque podamos vernos de nuevo en una playa de arenas blancas y mareas reposadas. Ese era tu mayor deseo. ¡Mira qué casualidad!
Como separador, entre las páginas de tu primer libro, una postal de Ramón do Casar, “Baile lento” de Alberto Martí, un lugar tan entrañable elegido por ti para la presentación de tu ópera prima. Puro homenaje al suave verdor del paisaje del Ribeiro, que cada día se desliza sosegadamente hasta las orillas del padre Miño. Esas fluviales aguas reposadas, junto a las cálidas olas del Mediterráneo y las marinas cristalinas de Bueu. Todos esos lugares que amaste y que ahora contemplarás con los ojos del alma, mientras los demás nos quedamos aquí batallando, pues al revés que en las películas, en la vida sois los mejores los que os vais despidiendo primero, con calma, como queriendo pasar desapercibidos.
De literatura, de vinos, de gastronomía y de medicina llenamos tantas conversaciones. Un día me prestaste un ejemplar de “El Médico en la Historia”, de H.W. Haggard, una colección de relatos sobre la vida y la muerte, sobre el sanar y el curar, un compendio del humanismo en la medicina, por desgracia hoy en día tan ausente, y que tanto echabas de menos, pues tu arte y tu ciencia eran de otros tiempos más afables. Te lo devolví después de leerlo, porque sabía cuánto lo apreciabas. Pero busqué por doquier otro ejemplar hasta encontrar uno de 1962, de páginas amarillentas y pulcras anotaciones a lápiz.
El verano asoma ya por nuestras ventanas. Para cuando llegue el invierno, y celebremos la Navidad, ese pequeño belén que nos regalaste armado con cariño y artesana destreza, modesta construcción de diminutas coloreadas conchas marinas, ocupará un lugar de honor en la morada de este humilde servidor, que tanto te ha apreciado y admirado, y que ahora con el corazón encogido, da las gracias a la vida por haber cruzado nuestros caminos. Hasta siempre, Maestro.
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